Entre semana voy todos los días un rato a la piscina con la esperanza, contra toda razón, de alcanzar algún beneficio para la espalda. Hablo a veces allí con un camionero que está en las mismas que yo: no le gusta un pelo el sabor de la medicina pero tiene la esperanza de mejorar con ella. En fin, sea como sea, el caso es que en la piscina predominan dos tipos de personas, uno, las de peso desmesurado, también con la tonta esperanza de disminuirlo y, dos, los cachas tatuados con la no menos tonta de perpetuar su cachez ad infinitum.
Resisto en el agua una media hora o así y es evidente que quedo breado para lo que resta del día. Vuelvo hacia casa pasito a pasito sin otro pensamiento en la cabeza que pasarme por el bar del chino a tomar un café con leche con churros. No se hacen idea lo que lo disfruto. Antes iba al Bariloche que está debajo de casa, pero el otro día tuve un desagradable incidente con el dueño de un perro que se puso a olisquearme las zapatillas y, la verdad, no me pillarán en otra. En el chino hay una pegatina en lugar visible que prohíbe los perros en el local. Aparte de eso, el café del chino me parece bastante mejor y, además, se le notan las ganas de agradar. Cuando me voy siempre me pregunta si me han gustado los churros o el pincho de tortilla o lo que sea que haya tomado. Le contesto afirmativamente y añado que el café también estaba muy bueno, porque esa es la verdad. En fin, a lo que iba, que el hecho de que los chinos no dejen entrar perros en sus establecimientos hosteleros es otra prueba más de que van a ganar esta guerra que nos traemos entre manos. Ellos no están para milongas como no se cansa de repetir el profesor García Maestro, que ese sí que sabe lo que se dice.
Esa guerra que se sustancia en el hecho de que no hemos venido a este mundo a pasear perros sino a acarrear mercancías de un lado para otro en un carretillo con la finalidad de poder llevar a los hijos al mejor colegio de la ciudad. En eso consiste todo, en el pantomima full contra obras son amores. Ya pueden ir apostando. Porque la historia lo ha demostrado mil veces: la aristocracia siempre ha vencido a la democracia. O si lo de aristocracia les suena muy fuerte, pongan escuela de mandarines y obtendrán el mismo resultado.
Por lo demás, la esperanza, esa virtud teologal tan reñida con la ciencia estadística. Bien que lo supieron los dioses cuando la metieron en la caja de Pandora con la intención de no dejarla escapar. Ya se sabe que los dioses para serlo tienen que ser sobre todo perversos. En fin, ¡maldita espalda!
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