Si había, allá por los primeros setenta del siglo pasado, un libro que era preciso leer pour être branché ese era La Psicología de las Masas y el Análisis del Yo de Sigmund Freud. Por supuesto que un servidor hizo sus intentos por aquello de estar por entonces en la edad en la que no estar branché es lo más parecido a no existir. Y digo lo de branché porque por aquellos años, más que nunca, París bien valía una misa. Bueno, tengo que reconocer que el libro en cuestión, como tantos otros imprescindibles según el sentir de los gurús del momento, se me cayó de las manos a la primera de cambio. Es lo que tiene meterse en camisa de once varas que pronto caes en la cuenta de que estás muy lejos de dar la talla.
Las cosas tienen su tiempo y, para mí, sin duda, éste de ahora ha sido el de ese libro que, por lo demás, no por tan controvertido deja de ser una de las pizas claves de la indagación en los entresijos de la condición humana. Así que, haciendo uso de las ventajas técnicas que nos proporciona la contemporaneidad, o sea, los audiolibros, me he puesto a ello y, unas veces paseando, otras sentado en cualquier banco, me lo he tragado sin rechistar. Y, sí, la verdad es que ha merecido la pena el esfuerzo de atención que he tenido que hacer porque en ese libro se explican muchas de las cosas de las que echamos mano en las conversaciones los que vamos por el mundo de enteradillos de las ultimas causas, es decir, de lo de matar al padre y acostarse con la madre. Digamos que, por fin, me he enterado de dónde procedía el difuso sonido de las campanas que tanto había escuchado.
Pues sí, las masas, lo que me temía. Te integras en ellas y desciendes unos cuantos peldaños del proceso civilizatorio. ¡Pero desprenden un calorcillo tan agradable cuando fuera hace frío! Al fin y al cabo, no todos nacemos para ser héroes. O para vivir a la intemperie. Y es que es muy complicado todo eso del yo y el superyó. Quizá, si has leído a Nietzsche, entiendas algo más. En cualquier caso, llegar a constituirse como individuo de pleno derecho cuesta un huevo. Y la yema del otro. Acuérdense de lo que le costó a Edipo matar a Laio en aquella película de Pasolini. Media película casi, allí, en mitad de aquel camino.
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