miércoles, 27 de julio de 2016

Verano

La esencia del verano es estar mal por estar de más. Si un viejo estorba siempre, en verano mucho más. Por así decirlo, no para de dar el cante. Esto que digo, claro, es la consecuencia de un estado de ánimo. Un estado de ánimo que acude puntual a la cita desde una edad relativamente temprana incrementando su morbo año tras año. Se compagina muy mal este omnipresente campear de Dionisos con una vitalidad muy menguada. La peau de chagrin está ya en las últimas de tanto haber satisfecho todos los deseos soñados. Todas las quimeras.

La playa, los viajes, los festivales de jazz, el fornicio, la gula, la embriaguez... todo ello, como es de justicia, con sus amargos despertares. Por no hablar de sus tontos recuerdos. Tontos y humillantes. Nada de lo que enaltecerse en cualquier caso y mucho de lo que arrepentirse. Porque, qué de todo ello mereció la pena más allá de la experiencia del fracaso. ¿Por qué fue necesario insistir tanto para convencerse de su costosa inutilidad? Es el doloroso constatar de las propias limitaciones, que son muchas y muy profundas. 

En resumidas cuentas, nada es inocente y a los hechos me remito. Ayer, por ejemplo, agarré la bicicleta y con una fresca brisa de nordeste de frente llegué hasta Husillos. Tuve que esforzarme pero valió la pena. La mañana era perfecta. Y el merendero junto al río y el desayuno que despaché en él, también lo eran. Todo apuntaba al disfrute terrenal, pero algo allí me lo impedía carcomiéndome la atención. En una esquina cualquiera de aquel ameno paraje bramaba un altavoz su pestilente musiquilla. Mi cabeza no se podía evadir de lo que consideraba una agresión y trataba de consolarse lanzando mentales maldiciones a la puta y asquerosa chusma. Me costó serenarme. ¿Por qué no he aprendido todavía, pensé entonces, a hacer caso omiso de cuestiones tan banales? Esta pobre gente, que sabe hacer una tortilla de patatas magnífica, piensa, en su limitada opinión, que con esa musiquilla te acerca un paso más al paraíso. La cabeza no les da para más y se dejan arrastrar por la corriente. Son números. Hay que aceptarlos y quererlos en función de lo bien que hacen la tortilla de patatas. Lo demás, es mi problema. Mi profunda discapacidad social. Mi fobia.   

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