domingo, 23 de febrero de 2020

Nudo gordiano

Enrique Ghersi es un abogado peruano que entre sus múltiples actividades tiene la de ser profesor visitante en varias universidades hispanoamericanas. Hoy les voy a traer a colación una conferencia que dio en la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala de título "Dogma Montaigne: historia de un error". 


Antes que nada les quiero señalar que la Universidad Francisco Marroquín viene siendo desde su fundación, a comienzos de los setenta del siglo pasado, pionera en todo lo relativo a la utilización de las nuevas tecnologías en el mundo académico. Y por eso es que sus conferencias y clases se pueden seguir en la red desde cualquier lugar del mundo. Conferencias y clases que, por cierto, dan idea del alto nivel intelectual que se gastan por aquellos lares. Para por aquí los quisiera yo. Bueno, de hecho esa Universidad ha abierto una sucursal en Madrid.

Pero a lo que íbamos: cuál es ese dogma y en qué consiste su error. Al respecto considero innecesario resaltar que todos los dogmas, por definición, se acaba demostrando que son una burda impostura. Como el de la Inmaculada Concepción y pachangas por el estilo. Pero es que éste de Montaigne trajo cola para dar y tomar. Y ahí sigue todavía y sospecho que seguirá por los siglos de los siglos para dar sustento al mayor consuelo del que disponen los desgraciados de este mundo: encontrar a los culpables de los males que les aquejan. 

Fue un economista austriaco, Ludwig von Mises, el primero que denunció el trágico error: para Montaigne todo intercambio comercial es una operación de suma cero. Es decir: para que unos ganen otros tienen que perder. O lo que es lo mismo: la única forma de enriquecerse es empobreciendo a los otros. ¿Y en que se sustenta semejante teoría? Pues muy sencillo: las cosas tienen un valor objetivo. 

¿Ustedes qué piensan al respeto? ¿Se puede medir el valor de las cosas atendiendo solo a criterios objetivos: materiales usados para fabricarlas, horas de trabajo empleadas, etc.? ¿O acaso hay que atender también a cuestiones tan etéreas como la diferencia entre necesidad y deseo? La subjetividad en definitiva. Si yo te vendo algo que tu deseas mucho a un precio por encima de su valor de producción, es de suponer que ganas tú porque satisfaces el deseo y gano yo porque me forro. Por tanto la suma no es cero y todo el dogma Montaigne se viene abajo.


Así es que el valor de una cosa está sujeto a muchas variables, algunas objetivas, pero otras muchas puramente subjetivas, sobre todo cuando la cosa no es lo que se conoce como artículos de primera necesidad. La mayoría de las cosas con las que se comercia son absolutamente prescindibles, pero nos hemos acostumbrado a darlas un valor añadido que se sustancia en prestigio social del que las posee, o mandangas por el estilo, lo cual se traduce en oportunidades para los que saben ver crecer la yerba. 


Todo ello de tan obvio como es parece que tiene que ser de poco menos que idiotas el ponerlo en cuestión, pero ya lo dijo Erasmo: la reina de este mundo es la estulticia. Michel de Montaigne lo dejó escrito en medio de una multitud de afirmaciones sensatas, lo cual que, como si hubiese sido una especie de camuflaje, le permitió pasar a través de los siglos como verdad incuestionable. Los conocidos como ilustrados franceses se lo tragaron y difundieron con entusiasmo. Por no hablar de las encíclicas papales que seguramente fueron las que inspiraron a Montaigne y siguen inspirando, porque los papas siguen insistiendo en ello, a todos los resentidos del mundo mundial. Y ahí sigue el dogma, o el error, sirviendo de base para diferenciar a los buenos de los malos, a los puros de corazón de los desalmados, a los, en definitiva, de izquierda de los de derecha. 

¡Sí, señores, el gran nudo gordiano de la política a cortar es la patraña de Montaigne! Y todavía no se ha inventado la espada que lo pueda cortar porque el día que eso llegue, ¡adiós consuelo de los resentidos! ¿Se imaginan a todos esos socialistos que van en sus volvos a comer fino por ahí cayendo en la cuenta de que ellos también son ladrones? ¡Por los clavos de Jesús que por ahí no pasaremos!

2 comentarios:

  1. yo me quedo con el trueque.Y eso si que es subjetivo y objetivo a la vez.Como siempre,Pedro,te veo Hilando fino

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  2. Si, eso es lo que dicen los sabios, que hay que volver al trueque. Y no más moneda que el oro. Sacar las garras del Estado de tu vida privada, en definitiva.

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