Recuerdo que de niños solíamos jugar al Palé. Así aprendí que las mejores calles de Madrid eran la Gran Vía y Alcalá. Y las peores, Leganitos y Curtidores. Cuando mi padre se sumaba a la partida se lo llevaba de calle. El Palé es la derivación española del Monopoly estadounidense. Es un juego en el que se compran y venden bienes raíces y, precisamente, el otro día escuchaba un vídeo en el que un multimillonario lo recomendaba como forma de instigar en los niños el espíritu emprendedor. Bueno, en casa no es que fuésemos furibundos del Palé, pero, desde luego que lo poco o mucho que hubiésemos jugado a él no nos influyo en absoluto en cuanto a espíritu empresarial que, por cierto, siempre fue cero patatero. Lo nuestro siempre fue darle al pico alrededor de una mesa para demostrar lo que sabíamos de todo sin haber estudiado nada. Tertulianos natos.
El caso es que ayer estaba escuchando la lección magistral sobre la ineficacia de las administraciones públicas que Miguel Anxo Bastos les dio en su día a los alumnos de la Francisco Marroquín. En un momento determinado, pregunta Bastos a los alumnos: ¿alguno de ustedes juega al poker? Gran silencio. Pero, al poco, una alumna de las últimas filas levanta la mano. Y cómo juega usted, ¿con dinero real o con fichas? De las dos manera, contesta la señorita. ¿Y es igual lo que se siente de una manera o de otra? Para nada, dice ella, con dinero real me tengo que responsabilizar de las consecuencias de mis decisiones. ¡Ajá! Y Anxo suelta entonces una de sus pícaras sonrisas: pues esa es exactamente la diferencia que hay entre las administraciones públicas y la administración de una empresa privada, que los unos juegan con cromos y los otros se tienen que responsabilizar de las consecuencias de sus decisiones. Bueno, ahí ya dejé la exposición del tema por parecerme que ya había tenido bastante material para pararme a reflexionar un rato.
En fin, no se me ocurre qué más se podría decir para justificar el desastre de las administraciones públicas. Los políticos toman las decisiones sobre los gastos a hacer como si estuviesen jugando al Palé. Nadie les va a pedir cuentas después sobre lo acertados o desacertados que estuvieron. A ellos se la suda, desde luego, porque lo más que les puede pasar es que al perder las elecciones tengan que pasar a formar parte del consejo de administración de cualquier empresa pública. O privada en connivencia con las administraciones públicas, que son casi todas. Así estando las cosas, ¿a quién le pudiera sorprender el dinero que deben esas administraciones?
La verdad es que no sé por qué me tengo que entretener yo con estas cosas, precisamente ahora, cuando ya como quien dice estoy llegando a puerto. Quizá sea por una especie de simpatía con las generaciones venideras para las que deseo lo mejor. Es posible que no otro sino ese deseo haya sido el gran motor del desarrollo humano. Todo aquello que escribieron Séneca o Adam Smith, qué fue sino deseo de un mundo mejor para los que venían tras ellos. O sí mejor quieren, un intento de aliviar esa parte de los sufrimientos del mundo que traen causa de la ignorancia y estupidez del ser humano. En resumidas cuentas, que la vida a lo que más se parece es al cuento de la buena pipa: siempre cayendo en la misma trampa y siempre soñando que la próxima vez la sabremos sortear. ¡Vamos dados!
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