martes, 2 de febrero de 2021

Para que nos entendamos

He dedicado el frescor de mis neuronas renovadas por el sueño a escuchar dos lecciones, a mi juicio magistrales, del profesor Rallo a propósito del revuelo mediático causado por la volatilidad disparatada de unas acciones, las de GameStop en concreto. Ya les he contado más de una vez que dediqué mi juventud al estudio de un sistema complejo donde les haya, el cuerpo humano. Se trata de una complejidad que, a medida que se van añadiendo las aportaciones de los millones de investigadores sobre el asunto, va adquiriendo la calidad de infinita. Son ya millones de variables interactuando entre sí y eso que todavía no hemos pasado de los comienzos del conocimiento. Y es que, de no ser así, cómo explicar que hayamos avanzado tan poco en todo lo fundamental de la vida. Porque, ¿díganme ustedes qué diferencia puede haber entre los miasmas de aquel entonces y los virus de este presente presuntuoso? Todo fabulación para aterrorizar a los aprensivos y dar con ellos en la otra vida.  

El caso es que la economía, o mejor dicho, el mercado, es un sistema endomoniadamente complejo que exige muchas horas de estudio para acercarse, si quiera de lejos, a su mediana comprensión. Solo hay que escuchar con atención a Rallo para darse cuenta de ello. Como todo sistema complejo esta constituido por una serie de pesos y contrapesos que  han ido surgiendo a medida que se iban constatando ineficiencias. Por así decirlo, es un empeño tan inútil como el de pretender la inmortalidad para el cuerpo humano. No hay que ser un lince para saber que hasta la terapia aparentemente más inocua tiene su resquicio por donde se cuelan indeseables efectos secundarios. Así para paliar las ineficiencias en el funcionamiento de los mercados se han ido creando reguladores para vigilar a reguladores que vigilan a otros reguladores... y así hasta casi el infinito. Y siguen colándose los miasmas como se ha visto en el mencionado caso de GameStop. 

En resumidas cuentas, que es inútil hacerse ilusiones. Las pasiones aguzan el ingenio y, en el caso de los mercados, la codicia se encarga de encontrar la trampa que sortea la nueva ley reguladora. Por eso ya es tan grueso el volumen que contiene todas leyes que se han ido inventando como reacción a las trampas que ideaban los codiciosos que ya no hay quien pueda con él. Con la salud pasa tres cuartos de lo mismo, que como te quieras acoger para restaurarla a la ciencia médica te pasará la Torres Villarroel que si no salta por la ventana y se va corriendo descalzo por encima de la nieve hubiera fallecido de todas todas. Así que, saquen conclusiones. ¡Médicos y economistas! Como si no lo pudiésemos ser todos de nosotros mismos con solo saber que no se puede sacar de donde no hay. Y que cuando hay solo hay que sacar lo necesario. Cosas así de sencillas, para que nos entendamos.

  

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