miércoles, 29 de junio de 2016

El deleite

"Vulgar desorden es entre los hombres hacer de los fines medios y de los medios hacer fines: lo que ha de ser de paso toman de asiento y del camino hacen descanso; comienzan por donde han de acabar y acaban por el principio. Introdujo la sabia y próvida naturaleza el deleite para que fuese medio de las operaciones de la vida, alivio instrumental de sus más enfadosas funciones; que fuese un gran arbitrio para facilitar lo más penoso del vivir. Pero aquí es donde el hombre más se desbarata, pues, más bruto que las bestias, degenerando de sí mismo, hace fin del deleite y de la vida hace medio para el gusto: no come ya para vivir, sino que vive para comer; no descansa para trabajar, sino que no trabaja para dormir; no pretende la propagación de la especie, sino la de la lujuria;... De aquí es que todos los vicios han hecho su caudillo al deleite..."

Sigo con lo de Gracián y no puedo parar de reconsiderarme. Esa necesidad pueril de pensarse mejor que los demás, más inteligente y todo eso es agua que no mueve molino. El molino de la propia autoestima. Un castillo en el aire. Porque, ¿qué has hecho tú a lo largo de la vida? Pues, exactamente, lo mismo que la inmensa mayoría: caer en todas las trampas con más daño que escarmiento. Y siempre a las órdenes del maldito caudillo, el señor deleite. Unas ganas incontenibles de obtener satisfacción ilimitada por procedimientos tan peregrinos como el de exprimir la próstata hasta la extenuación o relacionarse con los psicotropos como si fuesen auténticas hermanitas de la caridad. Alimentar, en definitiva, la ilusión de los poderes sobrenaturales como cualquier enajenado más digno de compasión que de reprimenda. 

Y me pregunto que qué sería de casi todos nosotros si no existiese el conocido como consuelo de tontos, es decir, ampararse en la extensión de la estulticia para justificar y sobrellevar la propia. Porque, cómo sería posible si no tirar hacia delante cada mañana. Y así hasta el final, que, si bien lo consideramos, en lo único que avanzamos en el mejor de los casos es en la aceptación de las propias limitaciones si se diese la improbable circunstancia de hacerlas aflorar a la consciencia. Y, por lo demás, ya se encarga la próvida naturaleza de irnos desproveyendo a medida que pasa el tiempo de las más incómodas urgencias: la líbido, el hambre, la curiosidad... hasta que convertidos en vegetales nada nos inquieta ya que no sea el dificultoso alivio de unos pujos intestinales que se obstinan en aparecer sin mayor causa que los justifique. 

En fin, que qué vida más mierda la propia si no fuese porque de vez en cuando, si conseguimos esforzarnos, podemos atisbar algún destello de belleza de los producidos por una de esas escasísimas mentes privilegiadas. Y esa suele ser la única cosecha de toda la vida y lo que justifica que la queramos mantener. Por lo demás, el tiempo huye veloz y todas las horas hieren menos la última que mata. Sólo deseo ya que ese momento fatal me pille encima de la bicicleta. O con la guitarra entre las manos.    

jueves, 23 de junio de 2016

La deseada Artemia


“Y así él, después de haber velado sobre el caso, trazó huirse;  y no tuvo tanta dificultad como imaginaba, que en este orden de cosas el que quiere puede. Rompió con todo, que es el único medio, y saltó por el portillo de dar en la cuenta, aquel que todos cuantos abren los ojos le hallan. Salió, al fin, tan dichoso como contento, y ya libre, metióse en camino para la corte de la deseada Artemia…”
Y así siempre, trazando huirme. Rompiendo con todo, saltando por el portillo y dejando al respetable con dos palmos de narices. Lo cual, a la postre, me valió un diagnóstico de fóbico social cuando hubiese sido más exacto tildarme de irresponsable compulsivo. Y qué le vamos a hacer si soy así, que mis buenas dosis de remordimientos me cuesta. Porque nunca sabes los muchos daños que has podido hacer con tales actitudes. Ni tampoco lo mucho o poco de bueno de lo que te has visto privado por no haber sabido aguantar un poco más. Y digo sabido donde quizá debiera decir podido, porque esa es la cuestión, que los más de los saltos los di a la desesperada como si me viniera persiguiendo un ejército de vampiros sedientos.
Irresponsabilidad, eso es lo que probablemente quede en el ánimo de los que me padecieron. Tenían depositada alguna confianza, o expectativa, en mí y les defraudé. Pero como nunca supe en qué medida, tuve que conformarme con tratar por todos los medios de no encontrármelos por la calle. Llegó a ser una obsesión que me hizo dar muchos rodeos. Lo más seguro, al final, fue cambiar de ciudad con todo lo que eso supone de aprendizaje a puro palo. Un duro camino del que es difícil calibrar los resultados.

En cualquier caso, aquí estoy, vivito y coleando como se suele decir. Y con un núcleo duro de viejas amistades que apuntala mi autoestima. Ellos siguieron de cerca mi atormentado devenir y siempre fueron comprensivos. Nunca les escuché reproche alguno. Por lo demás, ya ni siento ni padezco por las consecuencias de mis antiguos actos. Estoy en edad de vivir el presente. Como una segunda niñez. Entre el hastío del tiempo estancado y la excitación de los momentos intensos. Un mero permanecer en la corte de la deseada Artemia.

viernes, 17 de junio de 2016

Infierno

Quizá el mayor error de todos sea intentar comprender el mundo. Un gigantesco acto de soberbia que por fuerza te ha de arrojar a los infiernos... que es donde me parece que estoy. No soy feliz. No estoy bien conmigo mismo ni con lo que me rodea. No le encuentro sentido a la vida ni, por tanto, sé como utilizar mi tiempo de forma que pudiera proporcionarme algunas satisfacciones. Y, sin embargo, no me parece que en mi fuero interno haya algo así como un vago deseo de morir. Simplemente, hastío. Infierno.

Bien, no siempre es así. Hace un rato, mismamente, estaba tocando la guitarra, absorto en los sonidos que iba produciendo, sin conciencia del tiempo que pasaba. Hasta que desperté y se quebró el encanto. No pude continuar. Me levanté, miré por la ventana y no vi nada que me pudiese servir. Guardé la guitarra en su funda y me senté en la butaca traspasado por un vacío mental doloroso. Hice un esfuerzo y me puse delante del ordenador para intentar seguir con las Lecturas de Feynman: 9–3. Components of velocity, acceleration, and force. No pude con ello; estoy atascado ahí desde ayer por la mañana y todos mis esfuerzos por avanzar se topan con una especie de incompetencia neuronal insuperable. Más infierno.

Es la constatación de las propias limitaciones. Del quiero y no puedo acusador. Sí, he leído demasiado por aquí y por allá sin sacar cosa de provecho en limpio. He aprendido mil cosillas que, a la hora de la verdad, me dejan siempre a las puertas de la utilidad práctica. Les petits sont quelquefois chargés de mille vertus inutiles; ils n´ont pas de quoi les mettre en oeuvre. Sería imposible encontrar un aserto que me pudiese definir mejor. Soy un petit y la sola idea de asumirlo me resulta insoportable. Por eso utilizo todas esas virtudes inútiles que me adornan para tratar de dar el pego. Soy un impostor. Siempre echando paletadas de vanidad encima de mi subconciente en el vano intento de evitar que aflore a la conciencia la condición de fracasado. No se puede aspirar a la serenidad en semejantes condiciones. Y sin serenidad... infierno.

lunes, 13 de junio de 2016

El pan



Dice el clásico que donde no media el artificio toda se pervierte la naturaleza. En esto, justo, es en lo que suelo ir pensando mientras pedaleo estos días de primeros de junio por las carreteras de Tierra de Campos. Miro a mi alrededor y veo esos campos verdes que ya empiezan a virar al amarillo. Es un patchwork gigantesco hasta los confines del horizonte del que sobresalen aquí y allá, muy alejadas entre sí, pequeñas protuberancias pardas culminadas por un falo irrisorio desde la distancia: los campanarios. Se diría, por su afinada armonía, que es la obra de un dios, pero nada más lejos de la realidad: todo ello es el resultado del artificio humano superándose día a día a lo largo de los siglos. Y es de ahí, sobre todo lo demás, el que podamos vivir despreocupados respecto de la más perentoria de todas nuestras necesidades: el pan. 

Llevo ya años recorriendo esos caminos y a cada golpe de pedal va creciendo mi fascinación. No pasa día que no aprenda una nueva palabra que me sirve para leer un poco mejor el territorio. Porque en contra de lo que se suele creer hay en todo él toneladas de sabiduría que casi nada tiene ya que ver con la tradición. Todo es más bien producto del estudio y la investigación. La química, la ingeniería, la genética, la gestión empresarial, puestas al servicio de la productividad. Y al final, como siempre, el mercado manda y, de ahí, los incesantes cambios en los tonos del paisaje. 

La cebada vira al amarillo oro antes que el trigo. Lo mismo que el trigo duro plantado en otoño tiene un verde más intenso que el blando plantado en primavera que viene a ser como el del fino encaje de la avena. El centeno, por contra, tiende a oscurecer sus estiradas y muy barbudas espigas. Y, por en medio, el verde intenso de las mielgas con su flor morada o el más apagado de los garbanzos con su flor blanca. Por no hablar del amarillo de la remolacha en flor que apenas menudea. O el ocre del recién arado que, en avanzando el verano, cuando casi todo sean ya rastrojos, explotará en girasoles. 

Como digo, el mercado manda. Y en ello reside la grandeza del invento. Estos años pasados sobreabundaban los campos de mielgas para forraje. En uno creciendo y en el de al lado, recién segadas, esparcidas al sol para un primer secado e impregnando el aire con su aroma inconfundible. Después, ya empacadas, irán a la más próxima planta desecadora. Y de allí a China. Ha sido un buen negocio estos últimos años, pero el otro día en el tren escuche una conversación que daba cuenta del final del chollo. Por eso quizá este año menudee tanto el centeno y un poco menos la avena. El auge de lo alternativo, ya saben. Y los garbanzos, también, que antes eran cosa de la Armunia zamorana y el Páramo leonés.  

En fin, del mercado y también de la política, que el brazo de Bruselas es alargado para poner coto a los excesos. Se ve mucha amapola este año. Como una cenefa que embellece los sembrados, pero también invadiéndoles secretamente. Y en los campos en barbecho -que también remunera Bruselas-, es pura explosión de rojo. Las amapolas y la falsa avena van ganando el terreno que les robó el herbicida. Lo mismo que vuelven los insectos y con ellos las golondrinas. Al final, me parece, no resultaba bonita, por insana, tanta pulcritud. Mejor dejar que prospere un cierto grado de perversión que es sal de vida. Siempre y cuando, claro está, no ponga en peligro, ya digo, el pan nuestro de cada día.   

martes, 7 de junio de 2016

La Idea

A veces los llamados intelectuales, como si alguien pudiera no serlo, aunque se sea de izquierdas, se ponen a discutir sobre cuales son las teorías más brillantes descubiertas por el hombre. Pues bien, parece ser que hay bastante consenso sobre la preeminencia sobre todas las demás de la ley de la atracción de los cuerpos de Newton y la de la evolución de las especies de Darwin. Pocas veces se consiguió con tan pocas palabras encerrar tanto conocimiento. Hasta aquí todo muy bien. El mundo se entiende mejor y todos somos más felices. ¿Pero es necesario que una teoría tenga label de científica, es decir, que se pueda demostrar lo que sostiene por medio de la experimentación, para poder ser considerada como una de las mejores, sino la mejor? Y aquí nos topamos con la idea de dios, la que no por indemostrable, y no digamos ya por meridianamente falsa, ha sido la que más servicios ha prestado a la humanidad a efectos de proporcionar estabilidad. Tan es así que, por lo que sabemos, cualquier colectivo humano, desde los orígenes de la civilización,  lo primero que ha hecho ha sido inventarse una teogonia que le diese resueltas todas las grandes incógnitas de la existencia. Sabiendo de donde vienes, sabes quién eres, y todo lo demás por añadidura. 

Así es que no hay cosa que me parezca más tonta que todas esas discusiones sobre la existencia de dios. Ya los antiguos griegos lo decían: lo que es seguro es que caso de existir no se ocupan de ti para nada. Así que buena gana de perder el tiempo tratando resolver lo que por su propia naturaleza es irresoluble. Sin embargo lo que es indiscutible es la existencia de la idea de dios, una invención humana que funciona a las mil maravillas como puede funcionar la electricidad o el motor de explosión. La idea que nos hemos formado de dios da respuesta a todas las grandes cuestiones que siempre se planteó el ser humano sin vislumbrar en absoluto la mínima posibilidad de darle otra respuesta que no sea esa, es decir, la idea, o mejor la fantasía, de dios. 

A partir de aquí ya sólo podemos decir que lonely are de brave. Si puedes vivir sin esa idea de dios, sin respuesta a todas esas grandes cuestiones que inquietan, es que eres un valiente. Un solitario. Un apestado acaso.  

sábado, 4 de junio de 2016

Regreso a Gracián

Quizá la tarea a la que más esfuerzo ha dedicado la inteligencia humana sea la de tratar de desentrañar los entresijos del comportamiento. Dicho de otra forma, los entresijos de la psique. Incluso hay titulaciones que tienen como objetivo sistematizar los conocimientos existentes al respecto. Conocimientos que, conviene recordar, suelen bailar en la cuerda floja sin remisión posible sin que ello suponga que, llegado el momento de ponerlos en valor, no sirvan para aportar algún sosiego a las mentes atribuladas. 

La mente humana es un universo. Como tal ha sido observado desde los inicios de la civilización. Tratando siempre de encontrar leyes que sirvan para explicarlo. Y como es natural también en este farragoso ámbito ha habido Ptolomeos, Galileos y Newtons que fueron hitos indiscutibles en el avance hacia ese conocimiento de nosotros mismos que pensamos, con incierto grado de acierto, por cierto, y perdón por la cacafonía, está en el origen de todo el proceso civilizatorio. Conocernos es conocer a los otros y, de ahí seguramente, que seamos más renuentes a sacar el arma al primer encontronazo. Aunque, también, el Leviatán algo tiene que ver en que esa sea nuestra actitud. Por no hablar de la disuasión que nos llega del terrible poder de destrucción de las armas actuales. 

En cualquier caso, como en todos los universos, por grande que aparente ser el camino recorrido por los exploradores, la verdad es que siempre estamos al principio. Conocemos apenas lo que hay justo aquí al lado y tenemos la certeza de que nunca vamos a llegar mucho más allá. Seguiremos, eso sí, intentándolo con todas nuestras fuerzas, pero sólo daremos pasitos que afectarán a nuestras vidas de forma por lo general irrelevante. 

En fin, que sea como sea, una cosa saqué en limpio de mis recientes conversaciones en Santiago: tengo que volver a Gracián. 

jueves, 2 de junio de 2016

Vacas

Hace unos años les dio a ciertos artistas orgánicos por diseminar por las calles de las ciudades esculturas de vacas. Generalmente de raza frisona por aquello del contraste entre el blanco y negro de su piel que la hace ser la más vistosa. Supongo que con esa moda se pretendieron resaltar ciertos valores que la aparente aptitud mansa, paciente, bobalicona de la vaca parece representar a la perfección. Las vacas pacen pacientemente por el prado matando moscas con el rabo y cuando se sienten ahítas se tumban y se ponen a rumiar. Su imagen entonces es de una placidez contemplativa que, francamente, produce envidia. Se diría que están pensando en sus cosas y, de ahí, que se use la palabra rumiar como metáfora de comerse el coco, que también es una metáfora. Así es que se ha mitificado una imagen que como pasa con todos los mitos tiene su trampa. La vaca, a la chita callando, también tiene sus vicios. Lo sabían bien los antiguos que, por lo que fuese, tenían la mirada más aguda y, por tal, la clavaban más hondo. Por eso se dieron cuenta de que cuando la vaca se empieza a sentir llena, en vez de parar y tumbarse, se pasa un rato buscando hierbas que le son más agradables al paladar como pueden ser los berros florecidos que hay a la orilla de los arroyos y demás lugares húmedos. Y no pocas han sido las vacas que han acabado ahogadas en la charca por ese afán de satisfacción total.

Pues bien, los antiguos, como es sabido, a su aguda mirada solían añadirle el arte de trasladar al lenguaje con certera habilidad la realidad esclarecida. Así crearon esas maravillosas metáforas, refranes, proverbios o como les quieran llamar, que han sido y siguen siendo el sustento civilizatorio de las clases populares y no tan populares. En el caso concreto que nos ocupa idearon la expresión "andarse a la flor del berro" para indicar esas actitudes tan frecuentes de la gente que teniéndolo todo resuelto se pone a husmear por aquí y por allá sin pensarse dos veces la conveniencia de su ocupación. Es sin duda lo más humano de todo y bien que nos prevenían ya sobre ello en las catequesis infantiles. La ociosidad camina con tanta lentitud, que todos los vicios la alcanzan, que dijo no sé quién. Aunque también hubo otro no menos sabio que dijo que de lo único que se arrepentía es de no haber caído en todas las tentaciones que se le habían presentado. 

En fin, cada cual hace de su capa un sayo y yo, a falta de mejor sustento, voy a retomar la escritura cotidiana que desde que la dejé parece como que me falta algo e incluso a veces siento que voy a caer en la charca de tanto andar a la flor del berro.