jueves, 2 de junio de 2016

Vacas

Hace unos años les dio a ciertos artistas orgánicos por diseminar por las calles de las ciudades esculturas de vacas. Generalmente de raza frisona por aquello del contraste entre el blanco y negro de su piel que la hace ser la más vistosa. Supongo que con esa moda se pretendieron resaltar ciertos valores que la aparente aptitud mansa, paciente, bobalicona de la vaca parece representar a la perfección. Las vacas pacen pacientemente por el prado matando moscas con el rabo y cuando se sienten ahítas se tumban y se ponen a rumiar. Su imagen entonces es de una placidez contemplativa que, francamente, produce envidia. Se diría que están pensando en sus cosas y, de ahí, que se use la palabra rumiar como metáfora de comerse el coco, que también es una metáfora. Así es que se ha mitificado una imagen que como pasa con todos los mitos tiene su trampa. La vaca, a la chita callando, también tiene sus vicios. Lo sabían bien los antiguos que, por lo que fuese, tenían la mirada más aguda y, por tal, la clavaban más hondo. Por eso se dieron cuenta de que cuando la vaca se empieza a sentir llena, en vez de parar y tumbarse, se pasa un rato buscando hierbas que le son más agradables al paladar como pueden ser los berros florecidos que hay a la orilla de los arroyos y demás lugares húmedos. Y no pocas han sido las vacas que han acabado ahogadas en la charca por ese afán de satisfacción total.

Pues bien, los antiguos, como es sabido, a su aguda mirada solían añadirle el arte de trasladar al lenguaje con certera habilidad la realidad esclarecida. Así crearon esas maravillosas metáforas, refranes, proverbios o como les quieran llamar, que han sido y siguen siendo el sustento civilizatorio de las clases populares y no tan populares. En el caso concreto que nos ocupa idearon la expresión "andarse a la flor del berro" para indicar esas actitudes tan frecuentes de la gente que teniéndolo todo resuelto se pone a husmear por aquí y por allá sin pensarse dos veces la conveniencia de su ocupación. Es sin duda lo más humano de todo y bien que nos prevenían ya sobre ello en las catequesis infantiles. La ociosidad camina con tanta lentitud, que todos los vicios la alcanzan, que dijo no sé quién. Aunque también hubo otro no menos sabio que dijo que de lo único que se arrepentía es de no haber caído en todas las tentaciones que se le habían presentado. 

En fin, cada cual hace de su capa un sayo y yo, a falta de mejor sustento, voy a retomar la escritura cotidiana que desde que la dejé parece como que me falta algo e incluso a veces siento que voy a caer en la charca de tanto andar a la flor del berro. 

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