martes, 7 de junio de 2016

La Idea

A veces los llamados intelectuales, como si alguien pudiera no serlo, aunque se sea de izquierdas, se ponen a discutir sobre cuales son las teorías más brillantes descubiertas por el hombre. Pues bien, parece ser que hay bastante consenso sobre la preeminencia sobre todas las demás de la ley de la atracción de los cuerpos de Newton y la de la evolución de las especies de Darwin. Pocas veces se consiguió con tan pocas palabras encerrar tanto conocimiento. Hasta aquí todo muy bien. El mundo se entiende mejor y todos somos más felices. ¿Pero es necesario que una teoría tenga label de científica, es decir, que se pueda demostrar lo que sostiene por medio de la experimentación, para poder ser considerada como una de las mejores, sino la mejor? Y aquí nos topamos con la idea de dios, la que no por indemostrable, y no digamos ya por meridianamente falsa, ha sido la que más servicios ha prestado a la humanidad a efectos de proporcionar estabilidad. Tan es así que, por lo que sabemos, cualquier colectivo humano, desde los orígenes de la civilización,  lo primero que ha hecho ha sido inventarse una teogonia que le diese resueltas todas las grandes incógnitas de la existencia. Sabiendo de donde vienes, sabes quién eres, y todo lo demás por añadidura. 

Así es que no hay cosa que me parezca más tonta que todas esas discusiones sobre la existencia de dios. Ya los antiguos griegos lo decían: lo que es seguro es que caso de existir no se ocupan de ti para nada. Así que buena gana de perder el tiempo tratando resolver lo que por su propia naturaleza es irresoluble. Sin embargo lo que es indiscutible es la existencia de la idea de dios, una invención humana que funciona a las mil maravillas como puede funcionar la electricidad o el motor de explosión. La idea que nos hemos formado de dios da respuesta a todas las grandes cuestiones que siempre se planteó el ser humano sin vislumbrar en absoluto la mínima posibilidad de darle otra respuesta que no sea esa, es decir, la idea, o mejor la fantasía, de dios. 

A partir de aquí ya sólo podemos decir que lonely are de brave. Si puedes vivir sin esa idea de dios, sin respuesta a todas esas grandes cuestiones que inquietan, es que eres un valiente. Un solitario. Un apestado acaso.  

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