“Y así él, después de haber velado sobre el caso, trazó
huirse; y no tuvo tanta dificultad como
imaginaba, que en este orden de cosas el que quiere puede. Rompió con todo, que
es el único medio, y saltó por el portillo de dar en la cuenta, aquel que todos
cuantos abren los ojos le hallan. Salió, al fin, tan dichoso como contento, y
ya libre, metióse en camino para la corte de la deseada Artemia…”
Y así siempre, trazando huirme. Rompiendo con todo, saltando
por el portillo y dejando al respetable con dos palmos de narices. Lo cual, a
la postre, me valió un diagnóstico de fóbico social cuando hubiese sido más
exacto tildarme de irresponsable compulsivo. Y qué le vamos a hacer si soy así,
que mis buenas dosis de remordimientos me cuesta. Porque nunca sabes los muchos
daños que has podido hacer con tales actitudes. Ni tampoco lo mucho o poco de
bueno de lo que te has visto privado por no haber sabido aguantar un poco más.
Y digo sabido donde quizá debiera decir podido, porque esa es la cuestión, que
los más de los saltos los di a la desesperada como si me viniera persiguiendo
un ejército de vampiros sedientos.
Irresponsabilidad, eso es lo que probablemente quede en el
ánimo de los que me padecieron. Tenían depositada alguna confianza, o
expectativa, en mí y les defraudé. Pero como nunca supe en qué medida, tuve que
conformarme con tratar por todos los medios de no encontrármelos por la calle.
Llegó a ser una obsesión que me hizo dar muchos rodeos. Lo más seguro, al
final, fue cambiar de ciudad con todo lo que eso supone de aprendizaje a puro
palo. Un duro camino del que es difícil calibrar los resultados. En cualquier caso, aquí estoy, vivito y coleando como se suele decir. Y con un núcleo duro de viejas amistades que apuntala mi autoestima. Ellos siguieron de cerca mi atormentado devenir y siempre fueron comprensivos. Nunca les escuché reproche alguno. Por lo demás, ya ni siento ni padezco por las consecuencias de mis antiguos actos. Estoy en edad de vivir el presente. Como una segunda niñez. Entre el hastío del tiempo estancado y la excitación de los momentos intensos. Un mero permanecer en la corte de la deseada Artemia.
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