"Vulgar desorden es entre los hombres hacer de los fines medios y de los medios hacer fines: lo que ha de ser de paso toman de asiento y del camino hacen descanso; comienzan por donde han de acabar y acaban por el principio. Introdujo la sabia y próvida naturaleza el deleite para que fuese medio de las operaciones de la vida, alivio instrumental de sus más enfadosas funciones; que fuese un gran arbitrio para facilitar lo más penoso del vivir. Pero aquí es donde el hombre más se desbarata, pues, más bruto que las bestias, degenerando de sí mismo, hace fin del deleite y de la vida hace medio para el gusto: no come ya para vivir, sino que vive para comer; no descansa para trabajar, sino que no trabaja para dormir; no pretende la propagación de la especie, sino la de la lujuria;... De aquí es que todos los vicios han hecho su caudillo al deleite..."
Sigo con lo de Gracián y no puedo parar de reconsiderarme. Esa necesidad pueril de pensarse mejor que los demás, más inteligente y todo eso es agua que no mueve molino. El molino de la propia autoestima. Un castillo en el aire. Porque, ¿qué has hecho tú a lo largo de la vida? Pues, exactamente, lo mismo que la inmensa mayoría: caer en todas las trampas con más daño que escarmiento. Y siempre a las órdenes del maldito caudillo, el señor deleite. Unas ganas incontenibles de obtener satisfacción ilimitada por procedimientos tan peregrinos como el de exprimir la próstata hasta la extenuación o relacionarse con los psicotropos como si fuesen auténticas hermanitas de la caridad. Alimentar, en definitiva, la ilusión de los poderes sobrenaturales como cualquier enajenado más digno de compasión que de reprimenda.
Y me pregunto que qué sería de casi todos nosotros si no existiese el conocido como consuelo de tontos, es decir, ampararse en la extensión de la estulticia para justificar y sobrellevar la propia. Porque, cómo sería posible si no tirar hacia delante cada mañana. Y así hasta el final, que, si bien lo consideramos, en lo único que avanzamos en el mejor de los casos es en la aceptación de las propias limitaciones si se diese la improbable circunstancia de hacerlas aflorar a la consciencia. Y, por lo demás, ya se encarga la próvida naturaleza de irnos desproveyendo a medida que pasa el tiempo de las más incómodas urgencias: la líbido, el hambre, la curiosidad... hasta que convertidos en vegetales nada nos inquieta ya que no sea el dificultoso alivio de unos pujos intestinales que se obstinan en aparecer sin mayor causa que los justifique.
En fin, que qué vida más mierda la propia si no fuese porque de vez en cuando, si conseguimos esforzarnos, podemos atisbar algún destello de belleza de los producidos por una de esas escasísimas mentes privilegiadas. Y esa suele ser la única cosecha de toda la vida y lo que justifica que la queramos mantener. Por lo demás, el tiempo huye veloz y todas las horas hieren menos la última que mata. Sólo deseo ya que ese momento fatal me pille encima de la bicicleta. O con la guitarra entre las manos.
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