lunes, 13 de junio de 2016

El pan



Dice el clásico que donde no media el artificio toda se pervierte la naturaleza. En esto, justo, es en lo que suelo ir pensando mientras pedaleo estos días de primeros de junio por las carreteras de Tierra de Campos. Miro a mi alrededor y veo esos campos verdes que ya empiezan a virar al amarillo. Es un patchwork gigantesco hasta los confines del horizonte del que sobresalen aquí y allá, muy alejadas entre sí, pequeñas protuberancias pardas culminadas por un falo irrisorio desde la distancia: los campanarios. Se diría, por su afinada armonía, que es la obra de un dios, pero nada más lejos de la realidad: todo ello es el resultado del artificio humano superándose día a día a lo largo de los siglos. Y es de ahí, sobre todo lo demás, el que podamos vivir despreocupados respecto de la más perentoria de todas nuestras necesidades: el pan. 

Llevo ya años recorriendo esos caminos y a cada golpe de pedal va creciendo mi fascinación. No pasa día que no aprenda una nueva palabra que me sirve para leer un poco mejor el territorio. Porque en contra de lo que se suele creer hay en todo él toneladas de sabiduría que casi nada tiene ya que ver con la tradición. Todo es más bien producto del estudio y la investigación. La química, la ingeniería, la genética, la gestión empresarial, puestas al servicio de la productividad. Y al final, como siempre, el mercado manda y, de ahí, los incesantes cambios en los tonos del paisaje. 

La cebada vira al amarillo oro antes que el trigo. Lo mismo que el trigo duro plantado en otoño tiene un verde más intenso que el blando plantado en primavera que viene a ser como el del fino encaje de la avena. El centeno, por contra, tiende a oscurecer sus estiradas y muy barbudas espigas. Y, por en medio, el verde intenso de las mielgas con su flor morada o el más apagado de los garbanzos con su flor blanca. Por no hablar del amarillo de la remolacha en flor que apenas menudea. O el ocre del recién arado que, en avanzando el verano, cuando casi todo sean ya rastrojos, explotará en girasoles. 

Como digo, el mercado manda. Y en ello reside la grandeza del invento. Estos años pasados sobreabundaban los campos de mielgas para forraje. En uno creciendo y en el de al lado, recién segadas, esparcidas al sol para un primer secado e impregnando el aire con su aroma inconfundible. Después, ya empacadas, irán a la más próxima planta desecadora. Y de allí a China. Ha sido un buen negocio estos últimos años, pero el otro día en el tren escuche una conversación que daba cuenta del final del chollo. Por eso quizá este año menudee tanto el centeno y un poco menos la avena. El auge de lo alternativo, ya saben. Y los garbanzos, también, que antes eran cosa de la Armunia zamorana y el Páramo leonés.  

En fin, del mercado y también de la política, que el brazo de Bruselas es alargado para poner coto a los excesos. Se ve mucha amapola este año. Como una cenefa que embellece los sembrados, pero también invadiéndoles secretamente. Y en los campos en barbecho -que también remunera Bruselas-, es pura explosión de rojo. Las amapolas y la falsa avena van ganando el terreno que les robó el herbicida. Lo mismo que vuelven los insectos y con ellos las golondrinas. Al final, me parece, no resultaba bonita, por insana, tanta pulcritud. Mejor dejar que prospere un cierto grado de perversión que es sal de vida. Siempre y cuando, claro está, no ponga en peligro, ya digo, el pan nuestro de cada día.   

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