sábado, 4 de junio de 2016

Regreso a Gracián

Quizá la tarea a la que más esfuerzo ha dedicado la inteligencia humana sea la de tratar de desentrañar los entresijos del comportamiento. Dicho de otra forma, los entresijos de la psique. Incluso hay titulaciones que tienen como objetivo sistematizar los conocimientos existentes al respecto. Conocimientos que, conviene recordar, suelen bailar en la cuerda floja sin remisión posible sin que ello suponga que, llegado el momento de ponerlos en valor, no sirvan para aportar algún sosiego a las mentes atribuladas. 

La mente humana es un universo. Como tal ha sido observado desde los inicios de la civilización. Tratando siempre de encontrar leyes que sirvan para explicarlo. Y como es natural también en este farragoso ámbito ha habido Ptolomeos, Galileos y Newtons que fueron hitos indiscutibles en el avance hacia ese conocimiento de nosotros mismos que pensamos, con incierto grado de acierto, por cierto, y perdón por la cacafonía, está en el origen de todo el proceso civilizatorio. Conocernos es conocer a los otros y, de ahí seguramente, que seamos más renuentes a sacar el arma al primer encontronazo. Aunque, también, el Leviatán algo tiene que ver en que esa sea nuestra actitud. Por no hablar de la disuasión que nos llega del terrible poder de destrucción de las armas actuales. 

En cualquier caso, como en todos los universos, por grande que aparente ser el camino recorrido por los exploradores, la verdad es que siempre estamos al principio. Conocemos apenas lo que hay justo aquí al lado y tenemos la certeza de que nunca vamos a llegar mucho más allá. Seguiremos, eso sí, intentándolo con todas nuestras fuerzas, pero sólo daremos pasitos que afectarán a nuestras vidas de forma por lo general irrelevante. 

En fin, que sea como sea, una cosa saqué en limpio de mis recientes conversaciones en Santiago: tengo que volver a Gracián. 

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