Estábamos tumbados sobre la yerba, acariciados por el sol y
la brisa de la tarde y conversando con parsimonia sobre si aquellos veleros en
lontananza estaban navegando a motor o a orza. Avanzaban a trancas y barrancas
contra un viento de nordeste que les atizaba al bies con una inclinación que no
sobrepasaría los treinta grados. Decía Pedro A. que aunque iban a motor
seguramente llevaban el velamen extendido para estabilizar el barco. Yo, de
esas cosas ni idea, así que le daba todo el crédito, pero en mi literaria
imaginación veía en aquellas velas tensas que para tan poco servían a efectos
de avanzar la metáfora que utiliza Gracián sobre el ir de los viejos por el
mundo, a orza, es decir, ciñéndose al viento de las adversidades propias de la
citada condición para seguir sintiendo que la vida sigue. Claro, no hay que
especificar que se está refiriendo a los viejos, no muchos la verdad, que
dedicaron su vida al aprendizaje de la navegación en todo tipo de mares y con
todo tipo de vientos. Los más, bien es sabido, tratamos de suplir nuestras
cultivadas carencias echando mano del motor que nos proporciona la bienaventurada
a la vez que maligna industria farmacéutica.
Andar por un mundo que ya no es el tuyo. Con la omnipresente
conciencia de la distancia insalvable. De todos los trenes que pasan por tu puerta
el único que coges, que puedes coger, y con desgana por cierto, es el que te
lleva a Mercadona. Para qué, te preguntas, continuar insistiendo donde ya no
pintas nada. Navegar a motor es estar muerto. Viviente, pero muerto. Mejor
retirarte a donde nadie perciba el olor que despides.
En fin, el pestilente verano. El triunfo de la fritanga y
del parque sindical. Y yo aquí con estos pelos.
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