sábado, 13 de agosto de 2016

A orza


Estábamos tumbados sobre la yerba, acariciados por el sol y la brisa de la tarde y conversando con parsimonia sobre si aquellos veleros en lontananza estaban navegando a motor o a orza. Avanzaban a trancas y barrancas contra un viento de nordeste que les atizaba al bies con una inclinación que no sobrepasaría los treinta grados. Decía Pedro A. que aunque iban a motor seguramente llevaban el velamen extendido para estabilizar el barco. Yo, de esas cosas ni idea, así que le daba todo el crédito, pero en mi literaria imaginación veía en aquellas velas tensas que para tan poco servían a efectos de avanzar la metáfora que utiliza Gracián sobre el ir de los viejos por el mundo, a orza, es decir, ciñéndose al viento de las adversidades propias de la citada condición para seguir sintiendo que la vida sigue. Claro, no hay que especificar que se está refiriendo a los viejos, no muchos la verdad, que dedicaron su vida al aprendizaje de la navegación en todo tipo de mares y con todo tipo de vientos. Los más, bien es sabido, tratamos de suplir nuestras cultivadas carencias echando mano del motor que nos proporciona la bienaventurada a la vez que maligna industria farmacéutica.

Andar por un mundo que ya no es el tuyo. Con la omnipresente conciencia de la distancia insalvable. De todos los trenes que pasan por tu puerta el único que coges, que puedes coger, y con desgana por cierto, es el que te lleva a Mercadona. Para qué, te preguntas, continuar insistiendo donde ya no pintas nada. Navegar a motor es estar muerto. Viviente, pero muerto. Mejor retirarte a donde nadie perciba el olor que despides.

En fin, el pestilente verano. El triunfo de la fritanga y del parque sindical. Y yo aquí con estos pelos.

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