Paseaba ayer por un lugar solitario y a la vuelta de una
curva vi un chamizo de esos que construyen bajo cuerda en terreno rústico los
obreretes y demás desafortunados para darse la ilusión de que ellos también son
alguien. Sobre todo si a la puerta reluce un coche alemán rojo de los que dicen
de alta gama, el sudor de media vida. Ni que decir tiene que los semovientes
del lugar andaban por allí en calzoncillos y bragas alrededor de una barbacoa
de factura neoclásica. Y para redondear la estampa veraniega, un artilugio
digital escupía con voluminosa rabia una cosa de esas que llaman rap. Me paré
un instante a escuchar la letra y me pareció que por no decir ni siquiera
tonterías, pero me quedé con el dato que no era otro que la convicción con la
que se decía.
Seguí paseando bajo el sol, entretenido ya por el nuevo tema
de reflexión que me habían proporcionado aquellos miserables. La convicción. De
entrada recordé a mi querido Bukowski. Decía: The problem with the world is
that the intelligent people are full of doubts, while the stupid ones are full
of confidence. La seguridad con la que los estúpidos e ignorantes hacen
cualquier cosa que hagan. No necesitan otro soporte para apuntalar su
convicción que el arrastre de las masas. El pueblo es sabio, estamos cansados
de escuchar. Y así, cuando tomamos el café en La Cañía vemos pasar a cientos de
personas cargadas con la infernal balumba que precisan para pasar el día haciendo
de San Lorenzo en la parrilla. Jóvenes, viejos y de mediana edad, da igual el
nivel de experiencia, convencidos del prestigio que les proporcionara la
tortura a la que se van a someter en una playa de moda. Porque esa es la verdad
objetiva, que estar horas al sol veraniego es una tortura. Una tortura que sólo
se explicaría soportar en el caso de la fiebre juvenil de expectativas de
coyunda.
Al menos esa fue mi única convicción en la vida, a pesar de
mi más que notable inteligencia, la de hacer lo que fuera por tal de aumentar
las expectativas de coyunda. Y no de otra ilusión maligna se derivó la ruina
que en general ha sido mi vida. Una convicción estúpida de la que ahora pienso
que hubiera podido sanar con solo mirarme al espejo. ¡Pero, ay, las hormonas!
Reinas y señoras de la razón. Madres de todas las imbecilidades para las que
luego no hay consuelo.
En fin, menos mal que la sabia naturaleza al final nos da un
respiro. No hormone, no conviction, no pain.
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