domingo, 14 de agosto de 2016

Conviction


Paseaba ayer por un lugar solitario y a la vuelta de una curva vi un chamizo de esos que construyen bajo cuerda en terreno rústico los obreretes y demás desafortunados para darse la ilusión de que ellos también son alguien. Sobre todo si a la puerta reluce un coche alemán rojo de los que dicen de alta gama, el sudor de media vida. Ni que decir tiene que los semovientes del lugar andaban por allí en calzoncillos y bragas alrededor de una barbacoa de factura neoclásica. Y para redondear la estampa veraniega, un artilugio digital escupía con voluminosa rabia una cosa de esas que llaman rap. Me paré un instante a escuchar la letra y me pareció que por no decir ni siquiera tonterías, pero me quedé con el dato que no era otro que la convicción con la que se decía.

Seguí paseando bajo el sol, entretenido ya por el nuevo tema de reflexión que me habían proporcionado aquellos miserables. La convicción. De entrada recordé a mi querido Bukowski. Decía: The problem with the world is that the intelligent people are full of doubts, while the stupid ones are full of confidence. La seguridad con la que los estúpidos e ignorantes hacen cualquier cosa que hagan. No necesitan otro soporte para apuntalar su convicción que el arrastre de las masas. El pueblo es sabio, estamos cansados de escuchar. Y así, cuando tomamos el café en La Cañía vemos pasar a cientos de personas cargadas con la infernal balumba que precisan para pasar el día haciendo de San Lorenzo en la parrilla. Jóvenes, viejos y de mediana edad, da igual el nivel de experiencia, convencidos del prestigio que les proporcionara la tortura a la que se van a someter en una playa de moda. Porque esa es la verdad objetiva, que estar horas al sol veraniego es una tortura. Una tortura que sólo se explicaría soportar en el caso de la fiebre juvenil de expectativas de coyunda.

Al menos esa fue mi única convicción en la vida, a pesar de mi más que notable inteligencia, la de hacer lo que fuera por tal de aumentar las expectativas de coyunda. Y no de otra ilusión maligna se derivó la ruina que en general ha sido mi vida. Una convicción estúpida de la que ahora pienso que hubiera podido sanar con solo mirarme al espejo. ¡Pero, ay, las hormonas! Reinas y señoras de la razón. Madres de todas las imbecilidades para las que luego no hay consuelo.  

En fin, menos mal que la sabia naturaleza al final nos da un respiro. No hormone, no conviction, no pain.

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