martes, 16 de agosto de 2016

Víboras


El mayor consuelo de la inmensa mayoría, sin lugar a la menor duda, es el mal de muchos. Así de tontos hemos llegado a ser. Una obesidad mórbida por el paseo marítimo sólo necesita mirar a su alrededor para no sufrir por su anormalidad. Estará por allí en su salsa, disfrutando de un megahelado y dispuesta a zamparse una paella a las once de la noche. Porque, es que, la monstruosidad es tan significativa estadísticamente hablando que ha perdido todo su atractivo. Simplemente, ya, es mera diferencia.

Qué difícil, en fin, es ser persona. Todo El Criticón va de eso. La conciencia del deber que uno tiene para consigo mismo. La obligación de ser un proyecto propio en vías de realización. Un proyecto que debe comenzar por la aceptación de la soledad como motor de todo empeño. Pues solo frente  a sí mismo es cuando el hombre aprende a conocer su maquinaria en la medida de lo posible que nunca será mucho.

Así es que, que nadie se engañe, el miedo a la soledad es el miedo a reconocerse. Y de ahí el estado de perpetuo amontonamiento en el que se suele vivir. Sobre todo con la familia que es a quien más conviene enmascarar, no vaya a ser que…

“Aquí vieron executada aquella exagerada crueldad que cuentan de las víboras (cómo la hembra, al concebir, corta la cabeça al macho, y después los hijuelos vengan la muerte de su padre agujereándola el vientre y rasgándola las entrañas por salir y campear), cuando vieron que la mujer, por quedar rica y desahogada, ahoga al marido; luego, el heredero, pareciéndole vive sobrado la madre y él no vive sobrado, la mata a pesares; a él, por heredarle, su otro hermano segundo le despacha: de suerte que unos a otros como víboras crueles se emponçoñan y se matan. El hijo procura la muerte del padre y de la madre, pareciéndole que viven mucho y que él se hará senior antes de llegar a ser señor; el padre teme al hijo y cuando todos festejan el nacimiento del heredero, el enluta su coraçon, temiéndole como a su más cercano enemigo; pero el abuelo se alegra y dize: <<¡Seáis bien venido, oh enemigo de mi enemigo!>>”

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