domingo, 21 de agosto de 2016
Plaça del populacho y corral del Vulgo
"De la mucha canalla que de adentro redundaba se descomponían por allí cerca muchos otros corrillos, y en todos estaban murmurando del gobierno, y esto siempre y en todos los reinos, aun en el siglo de oro y de la paz. Era cosa ridícula oír a los soldados tratar de los consejos, dar priesas al despacho, reformar los cohechos, residenciar los oidores, visitar los tribunales. El contrario, los letrados era cosa graciosa verles pelear, manejar las armas, dar asaltos y tomar plaças... barajados los estados, metiéndose los del uno en el otro, saltando cada uno de su coro y hablando todos de lo que menos entienden. Estaban unos viejos diciendo mucho mal de los tiempos presentes y mucho bien de los passados, exagerando la insolencia de los moços, la libertad de las mugeres, el estrago de las costumbres y la perdición de todo."
Desde luego que al mundo le cuesta mucho cambiar si es que eso es posible. Se irá andando o a caballo, en goleta o en avión; regirá la tiranía, la monarquía o la democracia; se cruzará el Egeo o se llegará a la luna, todo será igual, porque al fin el populacho, el vulgo, la chusma, the moob, la fool, la canalla o como quieran llamar a la gente que se amontona, casi toda por cierto, dará siempre en lo mismo, en hablar de lo que no entiende para exorcizar el miedo que les proviene de su cultivada ignorancia. Siempre estarán seguros de cual es la causa de cualquier efecto; y el remedio para cualquier dolor. Identificará a los culpables y profesará de víctima. Se encontrará más hallado, cuanto más perdido.
Así ha corrido el mundo y seguirá corriendo hasta que una nueva mutación dote al cerebro de un sistema operativo más sofisticado, cosa que, como comprenderán fácilmente mis selectos lectores, tiene menos probabilidades de suceder que que te toque el gordo de la lotería veinte años seguidos. Estamos programados, sí señor, para la necedad, el arma más poderosa, ya digo, contra el miedo a la muerte que campea sobre las conciencias a nada que éstas aterrizan. Los pies en el suelo, qué cosa más rara por fortuna. Fuese común y el mundo estallaría de tristeza.
Y los pobres viejos nos consolamos pensando que todo va mal, hacia su inevitable perdición. Como si la apoteosis final quisiera acompañarnos para que no nos perdiésemos nada. Es la compasiva programación de los cerebros. La sabia naturaleza.
En fin. A leer periódicos y escuchar tertulias que es lo que alivia a los espíritus atormentados por la adicción a ficción.
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