Quizá el triunfar en la vida
no sea otra cosa que llegar a viejo y poder irse por ahí con la mochila al
hombro en compañía de los amigos de siempre. A recorrer una Corniche de 600
kilómetros, por ejemplo, unos ratos a pie y otros en el tren de vía estrecha
que por allí transcurre con parsimonia. Siete días en total y ni una mala tensión,
muchas risas por contra, un montón de sabias discusiones y qué contarles de los
disfrutes sensuales sin cuento dadas las características geográficas y
culinarias del trayecto.
Sí, se debiera reflexionar
más sobre ese tesoro inextinguible que es la amistad, fuente de dicha por
antonomasia. Casi todos los sabios nos dejaron sus impresiones al respecto,
pero el común de los mortales se va de aquí pensando que el perro es el mejor
amigo del hombre. El perro, esa metáfora equivocada que llena las calles, y los
espíritus, de inmundicia.
La amistad es los ojos con
los que ves lo que te pasa desapercibido, escuchas lo que no sabes oír, lees
los libros que desconoces, corriges los desvaríos de los que no eres consciente,
es, en fin, un estar a las duras y a las maduras, una agónica amplificación del
vivir, es decir, el enriquecimiento ilimitado que brota de la generosidad.
No se engañen por tanto, la
amistad no es ni fidelidad ni lealtad ni mandangas hitlerianas por el estilo,
la amistad es fundamentalmente interesada generosidad que sientes que te enriquece.
Y por eso dura. Y si no dura es que no es amistad. Es vampirismo quizás. O
donjuanismo si quieren. Fuente de estéril desengaño en cualquier caso. Ándense
con cuidado.
Total, que, como le dijo
Solón a Craso, no conviene presumir de dicha hasta estar a las acaballas de la
vida. Pues bien, que los dioses omnipotentes me concedan unas largas acaballas,
porque en ellas estoy y me siento dichoso por tener tantos ojos, oídos y demás
sentidos para percibir la vida con tamaña intensidad.
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