El regional va casi vacío. Eso quiere decir que ya estamos de vuelta a la racionalidad. A la vida productiva. Un señor con prosodia de cono sur se me queja de lo mucho que va a tardar en llegar a La Coruña. En mi país, dice, y no le dejo continuar. ¡Habrase visto, en su país! Sin duda es de baja condición, así, como suena, pese a quien pese. Luego me pregunta si se puede fumar en el andén. No sé, le contesto, pero por los altavoces acaban de decir que está prohibido. Sin duda el tipo no está disfrutando del viaje, lo cual, por otra parte, no me extraña un pelo porque lleva al lado a un bolondrio por mujer que a duras penas se mueve. Ha costado lo suyo subirla al tren.
Por lo demás, he salido de casa con las primeras luces bajo una apoteosis de relámpagos y truenos. Mientras esperaba el autobús ha caído un chaparrón de los de aquí te espero. A D. G. no ha durado mucho y he podido llegar a la estación seco. He sacado el billete y me he dirigido al Español a redesayunar. Las alegres chicas de allí estaban con humor de martes por la mañana. Así y todo me han echado alguna sonrisa y entonces he pensado: ¡leches!, con lo viejo que eres y aún suscitas alguna simpatía en el sexo opuesto. Bueno, es que me conocen de sobra porque siempre que viajo, no poco por cierto, no perdono hacerles una visita. Me chiflan esas chicas con sus ajustados uniformes negros moldeándoles el culo. La ilusión es lo único que no tiene edad.
Y, ahora, a disponerse a hibernar. A tirar de la energía acumulada en las gozosas escapadas veraniegas. Unas veces solo y otras acompañado, pienso que fueron de las mejores de la vida. Será, quizás, me digo, porque al final ya aprendí a vivir en el presente. Como si el después no existiese… y, sin embargo, mientras pedaleaba o caminaba por los vericuetos peninsulares no ha dejado de rondarme por la cabeza el deseo de dedicar los próximos meses a comprender un poco más de determinados aspectos fundamentales de la realidad que me rodea. La electricidad y todo eso. ¿Cómo podremos vivir sabiendo tan poco de cosas que condicionan tanto nuestra cotidianidad? Hacemos como si todo lo que tenemos fuese lo más natural del mundo ignorando los titánicos esfuerzos que fueron necesarios para llegar hasta aquí. Y, por el contrario, nos atiborramos de informaciones con aires de trascendencia que apenas son más que viento. De lo uno a lo otro, claro, media el esfuerzo y, ahí, digan lo que digan los tenderos, es donde reside todo el sentido de la vida. Nunca me cansaré de recordármelo porque a nada que me descuido se me olvida y me diluyo en la molicie… que es el morir.
Eso, la molicie es el morir sin el cual es imposible resucitar. Resucitar con impulso quiero decir.
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