Leo una noticia que me da para pensar un rato. Se trata de que el conductor del alvia que hacía el trayecto Santander Madrid, al llegar a Osorno decidió abandonar su puesto y dejar tirados a los pasajeros. Pero lo curioso del caso es que no lo hizo por trastorno mental u orgánico alguno sino por reivindicación sindical. O sea, procurando por todos los medios hacer el mayor daño posible a una gente que no sólo nada tiene que ver con sus cuitas sino que, además, le da de comer al escoger el tren como su medio favorito de trasporte.
Como les dije un día, la estación de Osorno es lo más parecido a aquella de Black Rock en la que un día se bajó del tren Spencer Tracy para dar un Bad Day a Lee Marvin y Ernest Borginne. O sea, un lugar en ninguna parte del que empezar a salir va a llevar unas cuantas horas. Sí, sabía bien lo que hacía el combativo conductor: el mayor daño posible, como digo.
El mayor daño posible so capa de justicia redistributiva, en eso consiste toda la táctica, estrategia, teoría y ciencia sindical. En realidad en nada difiere de la de los mendigos violentos y de ahí su tener vetado el acceso al ascensor social. Y por tal es que sólo les quede el recurso al "orgullo obrero", ese oximorón donde les haya.
Lo mismo que es pleonasmo "rencor obrero", como queda demostrado al haber convertido en marca de la casa esa imbecilidad que repiten sin cesar: nadie es más que nadie. Aunque, como siempre, la regla tiene sus excepciones y siempre hay y hubo obreros que dedican sus esfuerzos a que él y los suyos se aficionen a los libros. O sea, al ascensor social.
El caso es que, obrero o no, nadie está libre de sus accesos de rencor. Por lo que sea, que los motivos son infinitos. Odiar el mundo es el consuelo predilecto de quién se siente mal en él. Los adolescentes por ejemplo. La legión de frustrados, por falta de comprensión lectora por lo general. En fin, un sin fin de malcriados, como les decía, que nunca ven ni verán cumplidas sus descabelladas expectativas. Y así es que en llegando a tales conclusiones lo mejor es volver la vista hacia dentro y pensar en todas las veces que abandoné el tren que iba conduciendo dejando tirados a los pasajeros que llevaba. Sin duda fueron unas cuantas veces. Y me siento detestable por ello. Y más porque sospecho que si duro un poco más volveré a hacerlo. Al fin y al cabo, en poco diferimos de los escorpiones.
En resumidas cuentas, que soy impenitente usuario de los trenes y rara vez he tenido contratiempos. Y les puedo asegurar que en el caso de los empleados con los que he topado la excepción a la regla es la regla: por lo general destilan todos amabilidad. Hablo bastante con ellos y no creo que en las presentes circunstancias sean muy proclives al enganche sindical. En fin, qué vida.
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