jueves, 15 de septiembre de 2016

Impermeables Godofredo

Sigo interesándome por el tren abandonado por su conductor en Black Rock in a Bad Day. Y no por otra cosa sino por mi inextinguible afán de adentrarme en los intríngulis de la condición humana. Al fin y al cabo en lo esencial nos parecemos todos como las gotas de agua y por tal es que conociendo a los demás, a poco que te pares a considerar, te conocerás a ti mismo que, como saben, es la máxima recomendación que nos hizo Sócrates, o Apolo, como medio para mejorar la propia vida. 

Pues bien, leyendo en los medios voy y me entero de que los servicios ferroviarios de la Comunidad Autónoma de Cantabria son un desastre. Y yo sin enterarme a pesar de todo lo que les uso. Así es que no me ha quedado más remedio que reconocer que debo ser más corto que las mangas de un chaleco. Bien es verdad que los dos regionales que unen Santander con Valladolid siempre le echan alrededor de un cuartillo de hora de más sobre el horario previsto, pero dada la despreocupada condición de los escasos pasajeros la cosa no creo que tenga la menor importancia. Lees unas líneas más, miras un poco más por la ventanilla o das un poco más de palique al revisor y ni te enteras del desvío horario. Respecto de los Alvias ya ni te digo: en cuatro horas un poco largas te plantan en Madrid. Una pasada si se tiene en cuenta la endiablada orografía de los cien primeros kilómetros.  

Todo es, como saben, del color del cristal con que se mira. El Ínclito Revilluca, presidente de la Comunidad, abusa del verde que es el color no sólo de los praos en los que pace sino también de la esperanza. La esperanza, esa virtud teologal tan engañosa como sus hermanas la fe y la caridad. Y por eso, por ese vivir en las nubes, será supongo que el Ínclito se viene dedicando hace años a atizar el espíritu de sus conciudadanos con fantasías de las mil y una noches. Les ha convencido de que por derecho propio se merecen un tren que les plante en Madrid en dos horas. ¿A hacer allí qué? Como si Santander fuese Guasintón con el recreo y toda la hostia de una culta población. Como diría un nacionalista vasco: ¿y por qué no? Y mis tías las de Logroño: el no ya le tenemos, vamos a por el sí a ver que pasa. 

Pues lo que pasa es que los cántabros son cuatro gatos que para acceder a la meseta tienen que salvar un desnivel de setecientos metros en menos de diez kilómetros. Un pastón, en definitiva, por habitante que nadie con dos dedos de frente se atrevería no ya a financiar sino ni siquiera a sugerir. En algún sitio tiene que haber sensatez y eso es lo que nos salva. 

El caso es que la lluvia fina cala si no llevas puesto el impermeable de la razón. Y aquí es donde tenemos la incógnita del problema: ¿por qué nos cuesta tanto colocarnos el impermeable de la razón para un simple chirimiri? Total, para ir de un bar a otro, con lo próximos que están, qué falta hace, decimos. De bar en bar y tiro porque me toca y el amor universal garantizado. AVE para todos. 

Es curioso porque leyendo sobre los mencionados sucesos de Black Rock, tanto los artículos periodísticos como los comentarios de los lectores, todo es unanimidad en achacar la culpa a la empresa . Parece ser que la Dirección de Renfe es la cueva de Alibabá. El conductor que abandonó el tren, por contra, Santa Teresita de Lisieu. Visto de tal manera, una vez más el pueblo llano que se demora en los bares puede confirmar sin lugar a dudas que los que mandan, mandan sólo y exclusivamente porque son unos malvados y, que los que obedecen, obedecen porque son unos angelitos. Es la lógica predominante y no me extraña nada porque por experiencia propia sé que es fuente de consuelo como no hay otra para la inmensa mayoría que obedece. 

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