El aire se serena y viste de hermosura y luz no usada, que diría Fray Luis, cuando pedaleas por los alcores una mañana del tardoverano. La tierra, vestida de rastrojo, duerme a la espera de que la reja del arado venga a prepararla para que acoja a Perséfone por otros seis meses. Es por el trato habido con Hades cuando Perséfone se comió seis granos de granada. Cumplido el plazo, con los buenos oficios de Hermes, volverá a reunirse con su madre Demeter y todo será alegría. El mar de espigas se ondulará al viento mientras va rotando del verde al oro. Entonces, llegarán del sur las cosechadoras y empezará el festín. El ciclo de la vida se cierra.
Sí, comprendo que esos paisajes verdes con montañas al fondo son bellos, pero, como dijo el poeta, donde no hay artificio, la naturaleza toda se pervierte. Y el único artificio de esos idílicos paisajes es el engaño de la segunda vivienda. Nada productivo allí se encierra salvo la ilusión de calmar la angustia inherente al ocio contemplando las supuestas maravillas naturales. Una verdadera patochada.
No, a mí no me engañes más. Dame paisajes productivos y a la hora de comer siéntame en la mesa de los segadores que vinieron de Andalucía a hacer su agosto.
En fin, Dios nos libre de esas casitas en la costa donde los señoritos matan el tiempo haciendo recuento de sus males. Y por la noche, a cenar otra vez en un restaurante del puerto, como quien va a picar piedras. ¡Qué le vamos a hacer si el petit bourgeoi se lo traga todo!
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