Salgo a la calle y justo a dos metros del portal hay un
mendigo. Es un chico joven, mejor vestido que yo, con el pelo cortado de
diseño. Diez metros más allá, una señora por los sesenta, un aire de familia bien, con el pelo cano y
una vestimenta perfectamente combinada, también pide. Veinte metros más allá,
es un señor alto como una torre y perfectamente vestido. Cocinero gallego sin
trabajo, reza su reclamo. Por no hablar del que se pone en la escalinata del
auditorio, en su veintena, de dos metros para arriba, con sus múltiples
pierçings, su gigantesco perro con bozal y siempre fumando porros y bebiendo
cartones. Sí, hay demasiados mendigos en la Calle Mayor y ninguno tiene pinta
de venir de la miseria estructural. Simplemente, pienso, es gente escasamente
dotada por la naturaleza que ha hecho de la necesidad virtud. Y claro, ellos
seguramente no lo saben, pero el servicio que prestan a toda esa gente que
necesita que su mano izquierda se entere de lo que hace la derecha, es
inestimable. Mayormente se trata de señoras añosas, pero también algún señor
que seguramente fue compañero de colegio del mendigo, o acaso de francachelas
en los años mozos. La pequeña ciudad es un pañuelo. Es, en fin, como si todo quedase
entre los de casa, que nadie es más que nadie y cada cual representa su
imprescindible papel.
Todo, pensamos, tiene su explicación. Lo de los mendigos
también. Lo mismo que el movimiento de un grano de polen que flota en una
superficie líquida. Alguien descubrió que los líquidos, igual que los gases,
están compuestos de moléculas sueltas que andan siempre de aquí para allá,
aumentando su locura en función del ascenso de su temperatura. Si por el camino
se topan con algo, como el famoso grano de polen, lo hacen ir de aquí para
allá. Imposible de predecir su dirección por mucho que la matemática moderna
con su milonga de los fractales pretenda cierta lógica.
Los fractales, el efecto mariposa, las predicciones
metereológicas, nuestro propio devenir, ¿qué sentido habría de tener la vida si
llegásemos a ser capaces de predecirlo todo? Sería, supongo, como vivir
suicidado. Y sin embargo no hay nada en lo que pongamos más empeño. Como si la
meta de la vida, el remedo de la felicidad, fuera conseguir que nada te
sorprendiera nuca. La gran milonga de la seguridad, que es la de los fractales
y viceversa. Misión imposible, porque el caso es que, como las moléculas en un
líquido o gas, a lo loco se vive mejor:
“-¡Entrad aquí, no teneis que mediros, que todos somos locos,
los muchos y los pocos!
Tomáronse la honra, que en la tierra de los necios el loco
es el rey, y guiados por su gran hombre entraron allá. Vieron como los demás
andaban, pero no discurrían, cada uno con su tema y algunos con dos, y tal con
cuatro. Había caprichosas opiniones, y cada uno celebraba la suya: el uno de
entendido, el otro de dezidor, este de galán, aquél de bravo, tal de linajudo
y cual de afectado; de enamorados, muchos; de descontentos de todo, algunos; los
graciosos, muy desgraciados; los dexados, muy fríos; los porfiados,
insufribles; los singulares, señalados; los valientes, furiosos; los muy
voluntarios, fáciles; los encarecedores, desacreditados; los tiesos, enfadosos;
los vulgares, desestimados; los juradores, aborrecidos; los descorteses,
abominados; los rencillosos, malquistos; los artificiosos, temidos. Admirado
Andrenio de ver tan trascendente locura, quiso saber la causa, y dixéronle:
-Advertí que esta es la semilla que más cunde hoy en la
tierra, pues da ciento por uno, y en partes a mil: cada loco hace ciento, y
cada uno de estos otros tantos, y así en cuatro días se llena una ciudad. Yo he
visto llegar hoy una loca a un pueblo y mañana haber ciento imitadoras de sus
profanos trages. Y es cosa rara que cien cuerdos no bastan a hacer cuerdo un
loco y un loco vuelve orates a cien cuerdos. De nada sirven los cuerdos a los
locos; estos si hacen gran daño aquellos: es en tanto grado que ha acontecido
poner un loco entre muchos y muy cuerdos, por ver si se remediaría, y como en
todo cuanto hablaba y hacía le repugnaban, comenzó a dar gritos, diziendo que
le sacasen de entre aquellos locos si no querían que perdiese el juicio en
cuatro días. “
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