martes, 27 de septiembre de 2016

Fractales


Salgo a la calle y justo a dos metros del portal hay un mendigo. Es un chico joven, mejor vestido que yo, con el pelo cortado de diseño. Diez metros más allá, una señora por los sesenta, un aire de familia bien, con el pelo cano y una vestimenta perfectamente combinada, también pide. Veinte metros más allá, es un señor alto como una torre y perfectamente vestido. Cocinero gallego sin trabajo, reza su reclamo. Por no hablar del que se pone en la escalinata del auditorio, en su veintena, de dos metros para arriba, con sus múltiples pierçings, su gigantesco perro con bozal y siempre fumando porros y bebiendo cartones. Sí, hay demasiados mendigos en la Calle Mayor y ninguno tiene pinta de venir de la miseria estructural. Simplemente, pienso, es gente escasamente dotada por la naturaleza que ha hecho de la necesidad virtud. Y claro, ellos seguramente no lo saben, pero el servicio que prestan a toda esa gente que necesita que su mano izquierda se entere de lo que hace la derecha, es inestimable. Mayormente se trata de señoras añosas, pero también algún señor que seguramente fue compañero de colegio del mendigo, o acaso de francachelas en los años mozos. La pequeña ciudad es un pañuelo. Es, en fin, como si todo quedase entre los de casa, que nadie es más que nadie y cada cual representa su imprescindible papel.

Todo, pensamos, tiene su explicación. Lo de los mendigos también. Lo mismo que el movimiento de un grano de polen que flota en una superficie líquida. Alguien descubrió que los líquidos, igual que los gases, están compuestos de moléculas sueltas que andan siempre de aquí para allá, aumentando su locura en función del ascenso de su temperatura. Si por el camino se topan con algo, como el famoso grano de polen, lo hacen ir de aquí para allá. Imposible de predecir su dirección por mucho que la matemática moderna con su milonga de los fractales pretenda cierta lógica.

Los fractales, el efecto mariposa, las predicciones metereológicas, nuestro propio devenir, ¿qué sentido habría de tener la vida si llegásemos a ser capaces de predecirlo todo? Sería, supongo, como vivir suicidado. Y sin embargo no hay nada en lo que pongamos más empeño. Como si la meta de la vida, el remedo de la felicidad, fuera conseguir que nada te sorprendiera nuca. La gran milonga de la seguridad, que es la de los fractales y viceversa. Misión imposible, porque el caso es que, como las moléculas en un líquido o gas, a lo loco se vive mejor:

“-¡Entrad aquí, no teneis que mediros, que todos somos locos, los muchos y los pocos!

Tomáronse la honra, que en la tierra de los necios el loco es el rey, y guiados por su gran hombre entraron allá. Vieron como los demás andaban, pero no discurrían, cada uno con su tema y algunos con dos, y tal con cuatro. Había caprichosas opiniones, y cada uno celebraba la suya: el uno de entendido, el otro de dezidor, este de galán, aquél de bravo, tal de linajudo y cual de afectado; de enamorados, muchos; de descontentos de todo, algunos; los graciosos, muy desgraciados; los dexados, muy fríos; los porfiados, insufribles; los singulares, señalados; los valientes, furiosos; los muy voluntarios, fáciles; los encarecedores, desacreditados; los tiesos, enfadosos; los vulgares, desestimados; los juradores, aborrecidos; los descorteses, abominados; los rencillosos, malquistos; los artificiosos, temidos. Admirado Andrenio de ver tan trascendente locura, quiso saber la causa, y dixéronle:

-Advertí que esta es la semilla que más cunde hoy en la tierra, pues da ciento por uno, y en partes a mil: cada loco hace ciento, y cada uno de estos otros tantos, y así en cuatro días se llena una ciudad. Yo he visto llegar hoy una loca a un pueblo y mañana haber ciento imitadoras de sus profanos trages. Y es cosa rara que cien cuerdos no bastan a hacer cuerdo un loco y un loco vuelve orates a cien cuerdos. De nada sirven los cuerdos a los locos; estos si hacen gran daño aquellos: es en tanto grado que ha acontecido poner un loco entre muchos y muy cuerdos, por ver si se remediaría, y como en todo cuanto hablaba y hacía le repugnaban, comenzó a dar gritos, diziendo que le sacasen de entre aquellos locos si no querían que perdiese el juicio en cuatro días. “

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