viernes, 30 de septiembre de 2016

A Don Pedro Cabezudo, in memórian


Andaban por allí Andrenio y Critilo escuchando las severas leyes que mandó promulgar Vejecia por todo el ancianismo, que para unos fueron favores, si rigores para otros.

Subido en lugar eminente, el Secretario intimó desta suerte:

<<Primeramente, que no sólo puedan, sino que deban decir las verdades, sin escrúpulo de necedades, que si la verdad tiene muchos enemigos también ellos muchos años y poca vida que perder. Al contrario se les prohíben severamente las lisonjas activas y positivas, esto es, que ni las digan ni las escuchen porque desdize mucho de su entereza un tan civil artificio de engañar y una tan vulgar simplicidad de ser engañados.

>>Iten que den consejos por oficio, como maestros de prudencia y catedráticos de experiencia; y esto, sin esperar que se les pidan, que ya no lo practica la necia presunción. Pero, atento a que suelen ser estériles las palabras sin las obras, se les amonesta que procedan de modo que siempre precedan los ejemplos a los consejos. Darán su voto en todo, aunque no les sea demandado, que monta más el de un solo viejo chapado que los de cien moços caprichosos. Dirán mal de lo que parece mal, mucho más de lo que es malo, que esto no es murmurar sino hacer justicia; y lo que en ellos sería recatado silencio, entre la gente moça passaría por declarada aprobación.

>>Iten más, se les permite olvidarse de las cosas, que las más del mundo son para olvidadas. Podrán entrarse libremente por las casas ajenas, acercarse al fuego, pedir de beber, alargar la mano al plato, que a canas honradas nunca debe haber puertas cerradas. Permítaseles el encolerizarse tal vez con moderación, no dañando a la salud, por cuanto el nunca enojarse es de bestias.

>>Iten que puedan hablar mucho, porque bien; aun entre los muchos porque mejor que todos. Súfreseles el repetir los dichos y los cuentos, que tantas veces agradan y otras tantas enseñan, hiriendo de casera filosofía. Cuiden de no ser muy liberales, atendiendo a que no les falte la hacienda y les sobre la vida.

Y así, por esta intimación que me impone Vejecia es que me veo obligado a no callar una ni ninguna. Que, por edad, de todo tengo opinión y a buen seguro muy atinada. Les cuento:

Tal y como yo veo las cosas, en el cómputo general de la política la parte que corresponde a los, por así decirlo, profesionales de la política es bastante irrelevante. Porque política hacemos todos para que la nave vaya. Y política con mayúsculas. Imagínense la que se habrá tenido que hacer para poner de acuerdo a miles de ganaderos, agricultores, industriales, etc., y así dar nacimiento a AGROPAL. Si no hubiesen existido auténticos líderes como, por poner un ejemplo, D. Pedro Cabezudo, un veterinario de pueblo, nunca se hubiesen llegado a desarrollar esos proyectos de progreso y bienestar. Porque el caso es ese, que la sociedad está llena de liderazgos políticos anónimos que armonizan voluntades y contribuyen en grado superlativo a que podamos enorgullecernos de lo que somos: una sociedad bollante.

Entonces, me dirán, por qué esa pequeña parte de la política acapara casi todo el interés mediático y la gran política apenas ocupa unas líneas. Pues muy sencillo, cuestión todo de la garra del espectáculo que da cada una de ellas. La gran política, trabajo, estudio, trabajo, es un aburrimiento de muerte para contada. Para vivida supongo que es otra cosa, pero eso a efectos mediáticos no cuenta. Sin embargo la política de las pequeñas cosas, la de los políticos profesionales, es enormemente literaria porque por medio de excusa interpuesta, la ideología y tal, se enfrentan intereses que tienen que ver con la supervivencia. Los que ganan se comen todo el pastel y los que pierden a comerse los mocos. Y así a nadie puede extrañar que del debido control al adversario que manda se pasé sin solución de continuidad al odio al enemigo.  Y ya tenemos ahí el duelo de pasiones. Se empieza llamando a alguien incompetente y se acaba llamándole ladrón o incluso hijo de puta. Lo que sea con tal de ir inflando el globo de la superioridad moral que es lo que teóricamente da los réditos. Porque se supone que la gente prefiere que organicen las pequeñas cosas colectivas las personas de mayor fuste y para ganar en eso más que construir el propio hay que destruir el del competidor. Así, una guerra a muerte, espectáculo garantizado para la chusma.

Sí, así es, todo mentira, todo ficción. Ni existen ideologías diferentes ni superioridades morales. Lo único que existe es la lucha por esos sueldos de la administración que en vez de adquirirse por oposición, o sea, estudiando, se consiguen embaucando al personal mejor que los competidores. Si tú les ofreces veinte, yo cuarenta y de paso el paraíso en el mismo paquete. Ya puestos, a ver si cuela y me votan más que a ti. Un oficio, en definitiva, para truhanes en el mejor de los casos y en el peor para vagos con aspiraciones. Menos mal, como les digo, que apenas pintan nada. Aunque a veces como espectáculo ni tan mal.

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