lunes, 12 de septiembre de 2016

Malcriados



La tragedia de las sociedades opulentas es que, para la mayoría de la gente, es muy difícil mejorar. Pero es que, además, hay que añadirle la angustia por la posibilidad de pérdida, o deterioro, de las riquezas acumuladas. Por no hablar, claro está, del rencor sin límites que se produce las no pocas veces que esa pérdida o deterioro se consuma. Así es que, al final, las sociedades más felices son las pobres en trance de superación. Mejorar es el cielo. Estancarse el purgatorio. Perder el infierno.

Así corre el mundo y, por descontado, no soy el primero al que se le ocurren semejantes reflexiones. Personalmente, creo recordar haberlas leído en unas cuantas partes. Porque son de cajón. Y, si no, cómo explicarse tanta mala leche como destilan los coribantes antes de que el vino cumpla su misión.

El vino, las drogas en general, l´eau de vie que le dicen los franceses, para levantársela a un muerto. Porque esa es la cuestión, el inmenso sufrimiento de los muertos en el infierno. Por su impotencia coeundi. Todo se les niega cuando todo lo tuvieron. Es la crueldad de los dioses para con aquellos que creyeron poder subírseles a las barbas. El pecado de soberbia.

Es muy difícil, sí, saber manejar la opulencia. Hay que ser muy inteligente, y tener mucha voluntad, para poder sobreponerse a tanta tentación gratuita. Porque para qué esforzarse si con sólo poner la mano te son dados todos los caprichos. Como si el placer del viaje no estuviese en el esfuerzo del camino sino en llegar a destino. Ese engaño en el que viven todos los malcriados.

No me quiero extender más porque esto ya va siendo tabarra. Sólo recordar por si las moscas la más sabia ley de entre todas las del camino: sin agonía no hay gloria.  

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