La tragedia de las sociedades
opulentas es que, para la mayoría de la gente, es muy difícil mejorar. Pero es
que, además, hay que añadirle la angustia por la posibilidad de pérdida, o deterioro,
de las riquezas acumuladas. Por no hablar, claro está, del rencor sin límites
que se produce las no pocas veces que esa pérdida o deterioro se consuma. Así
es que, al final, las sociedades más felices son las pobres en trance de
superación. Mejorar es el cielo. Estancarse el purgatorio. Perder el infierno.
Así corre el mundo y, por
descontado, no soy el primero al que se le ocurren semejantes reflexiones.
Personalmente, creo recordar haberlas leído en unas cuantas partes. Porque son
de cajón. Y, si no, cómo explicarse tanta mala leche como destilan los
coribantes antes de que el vino cumpla su misión.
El vino, las drogas en
general, l´eau de vie que le dicen los franceses, para levantársela a un
muerto. Porque esa es la cuestión, el inmenso sufrimiento de los muertos en el
infierno. Por su impotencia coeundi. Todo se les niega cuando todo lo tuvieron.
Es la crueldad de los dioses para con aquellos que creyeron poder subírseles a
las barbas. El pecado de soberbia.
Es muy difícil, sí, saber
manejar la opulencia. Hay que ser muy inteligente, y tener mucha voluntad, para
poder sobreponerse a tanta tentación gratuita. Porque para qué esforzarse si
con sólo poner la mano te son dados todos los caprichos. Como si el placer del
viaje no estuviese en el esfuerzo del camino sino en llegar a destino. Ese
engaño en el que viven todos los malcriados.
No me quiero extender más
porque esto ya va siendo tabarra. Sólo recordar por si las moscas la más sabia
ley de entre todas las del camino: sin agonía no hay gloria.
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