viernes, 23 de septiembre de 2016

Vexecia

Andaba ya Andrenio en la cumbre de la edad varonil y Critilo descaesciendo cuesta abaxo de la vida y aun rodando de achaque en achaque. Íbales convoyando aquel varón raro, muy de la ocasión que tan pronto se estiraba y convertía en gigante y por el otro extremo cuando a él le parecía, se volvía a encoger y se empequeñecía de modo que parecía pigmeo en lo poco y un niño en lo tratable. Andrenio estaba otónito de ver una virtud tan variable. Que tengo por blasón, les decía, perdonar a los humildes y contrastar los soberbios. 

Este, pues, hombre por extremos, les desengañó de ir a la corte de la grandeza donde querían para conseguir su alejada felicidad y les instó a ir a la astuta Italia, ofreciéndoles su compaña hasta los Alpes canos, distrito ya de la sonada Vexecia. "Y porque me empeñe -dezía- en mostraros el señorío verdadero, saber que no consiste en mandar a otros, sino a sí mismo. ¿Qué importa sugete uno todo el mundo, si él no se sugeta a la razón? Y por la mayor parte, los que son señores de más, suelen serlo menos de sí mismos, y tal vez el que más manda más se desmanda. El imperio no es felicidad sino pensión (carga), pero ser señor de sus apetitos es una inestimable superioridad. Asegurós que no hay tiranía como la de la passión, y sea cualquiera, no hay esclavo sugeto al más bárbaro africano como el que se cautiva de un apetito.¡Cuantas veces querría dormir a sueño suelto el necio amante!, y dízele su pasión: <<¡Quita, perro, que no se hizo para ti ese cielo, sino un infierno de estar suspirando toda la noche a los umbrales de la desvanecida belleza!>>... ¡Eh!, que no hay en el mundo señorío como la libertad del coraçón: eso sí que es ser señor, principe, rey y monarca de sí mismo. Esta sola ventaja os faltaba para llegar al colmo de una inmortal perfección; todo lo demás habíais conseguido, el honroso saber, el acomodado tener, la dulce amistad, el importante valor, la ventura deseada, la virtud hermosa, la honra autorizada y, desta vez, el mando verdadero."

Es el mito de Proteo: no otra cosa es el mando verdadero. Saber adoptar la forma que más conviene a cada situación. Es decir, tener el control perfecto de las pasiones o, más difícil si cabe, de las emociones. Lo que nos aconseja Pessoa, en definitiva, para cambiar el mundo, cambiarse a sí mismo, que esa tarea, dice, te llevara toda la vida. O sea, que sólo de la vejez, la sonada Vexecia, se puede esperar algo sino de felicidad sí de sosiego. Siempre y cuando, claro está, hayas pasado la vida acompañando y escuchando con atención a los viejos amigos muertos. Y a los vivos, por supuesto. 

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