En realidad, por muchas vueltas que le des en busca de soluciones para el mal dormir, resulta que sólo hay una verdaderamente efectiva: el pegarte una paliza el día anterior. Es lo que hice ayer que, después, todo fue meterme en la cama a las diez y media y caer en coma hasta la cinco o así que me he despertado sin ni siquiera uno de esos puñeteros dolores que me suelen acompañar en los cotidianos despertares después de una noche de vueltas y revueltas. Quizá es que nuestra naturaleza, en origen, esta hecha para eso, para cansarse como paso previo al ir a descansar. Parece lógico que así sea y, se lo aseguro, funciona.
El caso es que ayer por la mañana soplaba una brisilla de sudoeste que aunque no mucho algo nos ayudó a subir al páramo que hay entre Palencia y Astudillo. Eran casi las dos cuando llegamos allí con la intención de comer. Pero no había dónde. Acababan de ser las fiestas y los dos restaurantes del lugar estaban cerrados por vacaciones. Así que por los pelos pillamos abierto el supermecado local. Compramos pan, chorizo, queso y fruta y nos fuimos a la plaza de picnic. En un banco a la sombra desde el que se controlaba todo el glacis montamos la tienda. La verdad, mucho mejor que en el mejor restaurante. Con todo aquel espectáculo de familias despreocupadas y los numerosos y todavía estirados invitados a una boda que se celebraba en aquellos momentos en la iglesia adyacente. Ni que decir tiene que a medida que iba pasando el tiempo y las cervezas caían el estiramiento de aquella concurrencia fue tomando aires de francachela.
Se lo he dicho muchas veces, para mí la superioridad de Castilla sobre cualquier otra región de España estriba sobre todo en la calidad de sus plazas mayores. Parecen todas diseñadas por genios. El pueblo se solaza y convive en ellas con una naturalidad rayana en la perfección. Todo cabe en ellas. El café de los señoritos y el rincón de los porreros. El banco de las comadres y el podio del bufón que nunca falta. Y los niños, claro está, que andan por allí en estado de naturaleza, es decir, de cuando antes de que el contrato social impusiese el miedo en el mundo.
Total que la gente se fue retirando, los unos a sus casas a comer y los invitados al lugar de su celebración. Tuvimos curiosidad y les seguimos para ver de que iba la cosa porque en Astudillo no hay hotel o cosa por el estilo para acoger tales eventos. Resultó ser en una era donde habían plantado una carpa a la que se accedía por un arco triunfal levantado a base de pacas. Entre la disposición de las pacas y una ruina de adobe en un flanco de la era el cuadro resultaba francamente singular. Pasamos de largo y fuimos a buscar un lugar para la siesta. No tardamos en encontrar dos bancos solitarios y a la sombra.
Por la tarde la brisilla favorecedora de la mañana se había convertido en franco viento que nos atizaba de plein fouet al avanzar. Así los treinta kilómetros del recorrido se convirtieron en sesenta o acaso más. Pero todo se supera con tesón. Aunque acabes reventado. Çe la vie.
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