sábado, 1 de octubre de 2016

Sisifo


Cuando viví en la Serralada Central pude darme cuenta de que las pequeñas parcelas en las que se cultivaba cereal tenían más piedra caliza que tierra. Sin duda aquella agricultura hubiese sido impracticable sin las ayudas de la Comunidad Europea. Era un terreno aterrazado en el que ver a una cosechadora laborar daba vértigo. Luego, cuando acababan de cosechar y araban solían meter allí unas máquinas que quitaban piedras a la tierra. Se pasaban el día haciendo un ruido infernal para que al final, si ibas allí y mirabas te pareciera que por más que los montones de piedra fuesen mayores en el campo seguía habiendo exactamente la misma proporción de tierra y piedra.

Cuando años después me asenté en las estribaciones del sur de la Cordillera Cantábrica conocí a unos hermanos muy viejos que tenían un terruño en una ladera. No llegaría a media hectárea y, como la de la Serralada, estaba trufada de piedras, si bien esta vez eran cantos rodados. Pues bien, aquellos hermanos, tan pronto acababan de comer cogían una barrena y un carretillo y subían por la ladera camino de su terruño. Una vez allí removían los cantos grandes con la barrena, los cargaban a duras penas en el carretillo, las llevaban hasta el borde de su propiedad y allí las iban amontonando. A mí me parecían Sisifos, pero los Proscritos que me acompañaban no paraban de tildarles de miserables, idiotas y un montón de lindezas por el estilo. Y sí, la verdad era que parecía que la proporción de piedras no disminuía en absoluto por más que los montones de los márgenes creciesen sin parar, pero lo que a mí más me llamaba la atención era que el flujo de insultos e improperios siempre iba en la misma dirección, de los Proscritos a los Sisifos. Sin duda la envidia algo tendría que ver en aquella particularidad. Es lo que va del estar entretenido al no tener nada que hacer; del dar sentido a la vida al odiar al que sabe dárselo.

Sea como sea, yo prefiero ser Sisifo. Necesito ser Sisifo so pena de sucumbir. Por eso llevo años y años amontonando las piedras al borde de mi jardín a sabiendas de que los que miren desde afuera apenas notarán los efectos de mi esfuerzo porque mi tierra sigue igual de inculta. Pero eso me da igual porque en el entretanto he conseguido mantener el músculo activo. Y, díganme, ¿puede haber algo más placentero a estas edades que comprobar que el músculo responde?

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