martes, 4 de octubre de 2016

El hidalgo tronado


Fui hasta Becerril por el camino de la Nava. Corría una brisa tenue y la bruma de la mañana ya había desaparecido completamente para cuando llegué. Al mediodíodía más o menos. Apenas ví en toda aquella llanura media docena de tipos que se dedicaban a pillar cangrejos en los canales de desecación. Y cigüeñas, muchas cigüeñas en los campos ya arados. Sería bueno, pensé, comerse unas cuantas para que dejen de ser la plaga que ya son. Pero no sé, a lo mejor su carne es muy dura y, además, como son las encargadas de traer los niños de París...

A las doce del mediodía de un soleado lunes de octubre no había en toda la plaza más que un par de funcionarios tomando café en la terraza del fondo y unos tenderetes de gitanos a los que no vi acudir un sólo cliente. De hecho, uno de ellos ya estaba de retirada a esa temprana hora. Me senté en la terraza a zampar un pincho de tortilla y beber un café con leche. Sólo se escuchaba el susurro del agua que salía por los caños de la fuente que lleva allí más de cuatrocientos años. 

Hace un siglo Becerril tenía casi tres mil habitantes. Ahora apenas llegan a ochocientos. Y supongo que la mayoría de los de en edad de trabajar lo harán en Palencia. Funcionarios los más, apuesto. El resto, quitando la docena de agricultores y el par de pastores, todos jubilados que prefieren tomar el sol de octubre en el corral que todas las casas tienen en su parte trasera. Las calles, en cualquier caso, desiertas a cal y canto. Así que como llegue un forastero y necesite información, ya se las puede apañar. 

Muchas veces me he planteado si lo mío no sería instalarme en un viejo caserón de este pueblo congelado. Con enroje en la planta baja y un gran corral en la trasera. Y andar los más de los días como un fantasma por las estancias desiertas y heladas del resto de la casa. Y acabar así mis días como uno de aquellos hidalgos tronados de las novelas del XIX. En fin, siempre está uno a tiempo.

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