sábado, 8 de octubre de 2016

Fuentes



Ayer me llegué hasta Fuentes. Recalé en el bar Refugio y reposte de lo lindo. Hacen allí una tortilla de patatas de las mejores que he probado, lo que ya es decir. Luego me quedé un rato en la terraza leyendo El Criticón. Ya me quedan menos de doscientas páginas para acabarle, lo cual me produce un sentimiento ambiguo entre la liberación por un lado y el quedar huérfano por otro. Le iba explicando el Descifrador -que así decía llamarse- a Andrenio: "Ésse es el engaño de muchos, que nunca conocen la verdad en sí mismos, sino en los otros, y assí verás que alcançan lo que le está mal al vezino, al amigo, lo que debieran hazer, y lo dizen y lo hablan; y para sí mismos ni saben ni entienden. En llegando a sus cosas desatinan; de modo que en las cosas agenas son unos linces y en las suyas unos topos..."

Como en la terraza a la sombra me estaba quedando frío me pasé a la placita adyacente bajo el sol tamizado por un castaño de indias ya otoñal. Se estaba allí de madre, sin la menor pertubación que viniese a sacarme de mis profundas reflexiones sobre la condición humana y, para ser más exactos, sobre la propia condición. Porque, no es que me quiera autoflagelar, pero es que no hay tontería, o imbecilidad en la que haya caído Andrenio que no haya hecho yo lo mismo, pero multiplicado por cien e incluso más. Y sin embargo, aquí estoy a estas muy altas alturas de la vida razonablemente sano y salvo y sin más nubes en el horizonte que las derivadas del principio de incertidumbre que todo lo rige. Y por ello me maravillo y no cejo de preguntarme por el porqué de que los dioses hayan querido favorecerme de tal modo. No me queda más, por tanto, que inaugurar cada día elevándoles plegarias y dedicar el resto a tratar de descifrar la verdad de mí mismo. A ver si es que ya me voy acercando más a Critilo y distanciándome de Andrenio. A saber en definitiva, si las experiencias de la vida me han servido para algo.  

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