miércoles, 19 de octubre de 2016

Verdejo

Anoche, como cada noche a la hora de los perros, hacia las diez o así, daba mi paseo postpandrial para, más que nada, mejorar mis expectativas de sueño. ¡Hasta qué punto dormir bien se convierte en obsesión a medida que se va estrechando el abanico de posibilidades! Pues bien, a lo que iba, que de pronto, por el extremo de la Calle Mayor que da al Salón, llamó mi atención un grupo de señores, sin duda ya jubilados, que discutían acalorados. Me senté en un banco que han puesto por allí a tal efecto para escuchar mejor. Al que más se le oía, insistía en el millón de parados que se mueren de hambre. Y venga y dale, y el resto trataba de rebatirle en esforzado guirigay. Sin duda, pensé, llevan unos cuantos verdejos encima y por eso les cuesta tanto arrancarse para casa. Y, encima, seguro que su mujer les espera con la sopa caliente y el pescado recién rebozado. ¡Ya quisieran los ministros!

Pero esa es la cuestión, que aunque todos vivan como ministros siempre tiene que haber alguno que lo ve todo por el lado malo. Y si no fuera por él, ya haría más de media hora que el pescado rebozado habría caído al coleto. Y Dios no quiere que así sea porque de no haber cenizos muchos bares tendrían que cerrar y sería el acabose. Porque el caso es que, con dos verdejos encima, no hay nada que enganche más que el rebatir al cenizo. Es como dar rienda suelta a un instinto básico que produce un placer indescriptible. Algo parecido a lo que experimentan las mujeres tratando de redimir a los crápulas. Que no por otra cosa hay tanto crápula, que no hay mejor forma de ligar. Y de perpetuar la especie, fin último por el que estamos aquí. 

Total, que presenciar tales eventos suscita en uno pensamientos de gran calado. ¿Hasta qué punto todo lo que hacemos y decimos está ya prefigurado en los planes del Gran Diseñador? ¿Qué margen de maniobra nos queda si le da por dolernos cualquier cosa? ¿O por tener un hijo que lo único que quiere es coger olas y pasear el perro? ¿Es que acaso no somos marionetas del cúmulo de circunstancias que nos rodean? Y, como agarrándome a un clavo ardiendo, me digo: bueno, y entonces, ¿para qué se inventó el verdejo? Porque esa es la cuestión, poder disponer de algo que dé calor al espíritu para hacerle moldeable de forma que se ajuste sin tensiones a las necesidades del momento: si me va bien, más ancha si cabe es Castilla; y si mal, que lo paguen los hijos de puta de arriba. 

Y, en cualquier caso, la sopa y el rebozado bien pueden esperar. Y más desde que existe el microondas.  

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