miércoles, 5 de octubre de 2016

Bar Sindicato


Me arrimé a un espino rojo
por ver si sombra me daba,
como el espino era rojo
en vez de dar la quitaba. 

Ayer descubrí que hay una ruta ciclista que llega hasta Castromocho. Va por donde el Tren Burra que llegaba hasta Villarramiel. A juzgar por el estado de las estaciones supongo que debe de hacer un montón de años que dejó de funcionar.


Baquerín de Campos

Hacía una mañana increíblemente apacible y todo el territorio que abarcaba con la vista era para mí solito. Bueno, al cruzar Villamartín eché una parrafada con tres jubilados que tenían aparcadas sus bicicletas al lado del banco en el que se demoraban. Como es preceptivo en estos casos, se andaban quejando de lo mal que andan las cosas. A uno de ellos le habían mandado a casa a un hijo de cincuenta años. No puede ser que jubilen a los cincuenta, coincidían los tres. Eso depende de lo que sepa hacer, les dije. Quedaron con la boca abierta y yo me largué. 

En la estación de Mazariegos había un tipo con un bulldozer acondicionando el territorio adyacente. Me saludo y pasé de largo inmerso en mis pensamientos. Dejé a la izquierda Baquerín con su impresionante iglesia y su media docena de naves para media docena de casas. Y pronto, tras una suave colina apareció el campanario puntiagudo de la iglesia fortaleza de Castromocho. 

A Castromocho se le ve un tanto tronado. La iglesia principal, de unas dimensiones epoustouflantes, parece fuera de uso. Estuve buscando un bar para repostar y al final di con lo único que había, 


el Bar Sindicato instalado por los años 60 del siglo pasado en el edificio de la Cooperativa Católico Agraria inaugurado en 1911. Claro, por esos principios de siglo XX Castromocho tenía que estar bollante porque es el lugar donde se cruzaban el ferrocarril con el Canal de Castilla en la zona más cerealera de España. Se ve por los restos de las edificaciones que hay en aquel cruce que hubo allí mucho movimiento. Me imagino, sino cientos, sí decenas de porteadores con sacos de cien kilos a las espaldas de las barcazas a los vagones. En cualquier caso, el Bar Sindicato conserva todo su esplendor. A sus sorprendentes dimensiones, con un zócalo de azulejos de colores y unos radiadores de los de antes hay que añadirle el techo absorbente que le han instalado hace poco. Mientras me zampaba allí un bocata de chorizo escuchaba una conversación que mantenían un grupo de mujeres en la televisión. Una con pinta de chacha de las de los años cincuenta dijo que si los hombres parieran el aborto sería un sacramento. Las otras con pinta de señoras bien la miraron con desprecio y no dijeron nada. Una meridiana metáfora del rencor de los espinos rojos, pensé. 

De vuelta ya, eché una cabezada en la adecuación recreativa que han puesto junto a las ruinas de Baquerín. Allí al lado había un campo de girasoles esperando la cosechadora. Le hice una foto para mostrarles que los girasoles no todo es Van Gogh.


Después, continué camino con la agradable sensación de estar siendo ayudado por una una brisa de popa. Por Mazariegos me di cuenta de que iba pinchado. Así que como era cosa de poco me arreglé hinchando la rueda un par de veces hasta llegar a casa. Por la tarde se la llevé a los de San José y me han puesto una cámara que dicen que soluciona ella sola los pequeños pinchazos. Desde luego que no paramos de innovar. 

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