Me arrimé a un espino rojo
por ver si sombra me daba,
como el espino era rojo
en vez de dar la quitaba.
Ayer descubrí que hay una ruta ciclista que llega hasta Castromocho. Va por donde el Tren Burra que llegaba hasta Villarramiel. A juzgar por el estado de las estaciones supongo que debe de hacer un montón de años que dejó de funcionar.
Baquerín de Campos
Hacía una mañana increíblemente apacible y todo el territorio que abarcaba con la vista era para mí solito. Bueno, al cruzar Villamartín eché una parrafada con tres jubilados que tenían aparcadas sus bicicletas al lado del banco en el que se demoraban. Como es preceptivo en estos casos, se andaban quejando de lo mal que andan las cosas. A uno de ellos le habían mandado a casa a un hijo de cincuenta años. No puede ser que jubilen a los cincuenta, coincidían los tres. Eso depende de lo que sepa hacer, les dije. Quedaron con la boca abierta y yo me largué.
En la estación de Mazariegos había un tipo con un bulldozer acondicionando el territorio adyacente. Me saludo y pasé de largo inmerso en mis pensamientos. Dejé a la izquierda Baquerín con su impresionante iglesia y su media docena de naves para media docena de casas. Y pronto, tras una suave colina apareció el campanario puntiagudo de la iglesia fortaleza de Castromocho.
A Castromocho se le ve un tanto tronado. La iglesia principal, de unas dimensiones epoustouflantes, parece fuera de uso. Estuve buscando un bar para repostar y al final di con lo único que había,
De vuelta ya, eché una cabezada en la adecuación recreativa que han puesto junto a las ruinas de Baquerín. Allí al lado había un campo de girasoles esperando la cosechadora. Le hice una foto para mostrarles que los girasoles no todo es Van Gogh.
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