domingo, 16 de octubre de 2016

Rumiantes

"No hay maestro que no pueda ser discípulo, no hay belleza que no pueda ser vencida: el mismo sol reconoce a un escarabajo la ventaja de vivir. Excédenle, al hombre, en la perspicacia el lince, en el oído el ciervo, en la agilidad el gamo, en el olfato el perro, en el gusto el ximio y en lo vivaz la fénix. Pero entre todas estas ventajas, la que más él codició fue aquella del rumiar que en algunos de los brutos se admira y no se imita. <<¡Qué gran cosa, decía, aquello de volver a repassar lo que la primera a medio mascar se tragó, aquel desmenuzar de espacio lo que se devoró apriessa>>! Juzgaba esta por una singular conveniencia (y no se engañaba), ya para el gusto, ya para el provecho; contentole de modo que aseguran llegó a dar súplica al soberano Hacedor, representándole que, pues le había hecho uno como epílogo de todas las criadas perfecciones, no le quisiesse privar de ésta, que el la estimaría al passo que la deseaba. Vióse la petición humana en el consistorio divino y fuele respondido que aquel don por que suplicaba ya se le había concedido anticipadamente desde que naciera. Quedó confuso con semejante respuesta y replicó cómo podía ser, pues nunca tal cosa había experimentado en sí ni practicado. Volviósele a responder advirtiesse que con mayores realces la lograba, no en rumiar el pasto material de que se sustenta el cuerpo, sino del espiritual del que se alimenta el ánimo; que realzase más los pensamientos y entendiese que el saber era su comer y las nobles noticias su alimento; que fuese sacando de los senos de la memoria las cosas y passándolas al entendimiento; que rumiase bien lo que sin averiguar ni discurrir había tragado; que repassase muy de espacio lo que de ligero concibió. Piense, medite, cave, ahonde y pondere, vuelva una y otra vez a repassar y repensar las cosas, consulte lo que ha de decir y mucho más lo que ha de obrar. Assí que su rumiar ha de ser el repensar, viviendo del reconsejo muy a lo racional y discursivo."

No creo que haya alguien que no haya pensado en ésta metáfora cuando, de paseo por el campo, ha visto allá, tras la cerca, una vaca tumbada sobre la yerba y con la mirada como vuelta hacia dentro de pura despreocupación de lo que a su alrededor pasa. Apenas un ligero vaivén de la mandíbula da noticia de su estar viva. Luego, al cabo de un rato, quizá horas, se levantará con parsimonia y, sin que su faz se inmute, apartará el rabo y expulsará por su polo posterior una gigantesca plasta que el campo recibirá como un regalo de los dioses. Es el ciclo de la vida en su estado más puro. El fresco verdor de la yerba trasformado, sofisticado sistema digestivo de la vaca mediante, en perfumada materia que es albergue de miles de millones de seres vivos que pugnan por fertilizar la tierra. 

Miro por la ventana y veo el cielo oscurecido por bandadas de palomas. Así es que en toda la ciudad no hay banco a sombra de árbol en el que te puedas sentar tranquilo. Primero, porque suele estar lleno de cagadas: segundo, porque, de no estarlo, es altamente probable que vaya a estarlo en el futuro inmediato. Es lo que tiene el no fijarse en las vacas, que todo se interpreta por la primera impresión. Qué bonitas las palomas, qué majos los perros, qué útiles los coches, que guays las bicicletas, qué divertidos los bares, qué deliciosos los chuches... y punto pelota, el último maricón.   

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