"-¿No es harto aquello de ver los muertos en sus sepulturas, aunque estén metidos entre mármoles o siete estados baxo tierra, aquellas horribles cataduras, hormigueros de sabandijas, visiones de corrupción? ¡Quita allá, y líbreme Dios de tan trágico espectáculo, aunque sea de un rey! Dígote que no podría dormir ni comer en un mes.
-¿Qué bien lo entiendes! Essos nosotros no los vemos, que allí no hay qué ver, que todo paró en tierra, en polvo, en nada. Los vivos son los que a mí me espantan, que los muertos nunca me dieron pena. Los verdaderos muertos que nosotros vemos y huimos son los que andan por su pie.
-Si muertos, ¿cómo andan?
-Ahí verás que andan entre nosotros y arrojan pestilencial olor de su hedionda fama, de sus gastadas costumbres. Hay muchos, ya podridos, que les huele mal el aliento; otros que tienen roídas las entrañas, hombres sin conciencia, hembras sin vergüenza, gente sin alma: muchos que parecen personas y son plaças muertas. Todos éstos sí que me causan a mí grande horror, y tal vez se me espeluçan los cabellos."
Me habían hablado muy bien de la Universidad Popular, así que decidí probar. Había tres niveles de guitarra y me apunté al más alto. Prometía el prospecto que el tercer nivel era para tocar en grupo. Quería hacerme ilusiones, por más que, ya de entrada, partir de un oximorón como Universidad Popular me suscitaba no pocas suspicacias. Total, que llegó el día señalado y allí que me presenté con mi guitarra. Para empezar el profe se tiró media hora haciéndose el simpático y tratando de calentar el ambiente con propuestas de futuro que sólo tenían un beneficiario: la industria del esparcimiento. Viajes, comidas, ya saben, la madre de todos los corderos.
Al final entramos en harina, lo que es un decir, porque a pesar de los dos cursos que llevaban a las espaldas aquella docena de alumnos viejunos había que explicarles como se ponen los dedos para hacer un la mayor. Y tanto que popular, me dije al constatar el fraude. ¡Ingenuo de mí! Bueno, a instancias del profesor vampiro toque una falseta de solea que dejó al personal boquiabierto. A qué vendrá éste aquí, seguro que pensaron todos. Al día siguiente pasé por el secretariado y me di de baja. Espero que no me cobren los 170 € de la matrícula.
Así corre el mundo de los viejos, con sus gastadas costumbres y arrojando el olor pestilencial del oximorón. Gente expulsada del paraíso del ser útil al infierno de no contar para nada. Y hacer como que no se enteran con la inestimable ayuda de vampiros como el profe de marras. Tremebundo, de verdad. Después de ésta, me lo tengo que pensar. O me voy a Amsterdan a plegar o me retiro al campo de asfodelos para estar en primera linea.
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