Zappeando anoche pillé una escena que me maravilló. Apenas duró 30 segundos, pero me pareció que encerraba en sí todo un cambio de paradigma, como dicen los cursis, en la política española. Se trató del nuevo líder circunstancial de los socialistas, un asturiano que es ingeniero de minas. Dijo: no podemos dejar que las emociones se impongan sobre la razón. O sea, que Dionisos predomine sobre Apolo. Que el hecho aislado llamativo oculte la realidad estadística.
Cuando joven tuve oportunidad de tratar a unos cuantos ingenieros de minas asturianos. Incluso por razones profesionales tuve que hacer un viaje con uno de ellos y compartir habitación y cagalera a causa de algo que comimos en un restaurante -creo que fueron unos chopitos-. Pues bien, el recuerdo que tengo de aquella gente es que eran muy competentes. Recuerdo que uno de ellos nos dio un magnífico curso de estadística que yo no aproveché de pura inmadurez. Debía andar demasiado crecido por lecturas de las que no entendía una palabra. Estructuralistas franceses y sandeces por el estilo. En fin, ya saben que no suelen tener los mismos tiempos de maduración los que estudian con el entendimiento que los que lo hacen con la memoria. Ciencias y letras que le decían entonces, una distinción que hoy día parece huera.
Pero a lo que vamos, a la correcta utilización del lenguaje. Al ir al fondo de las cosas. Lo que ha hecho el ingeniero asturiano. Porque ya va siendo de un cansancio insoportable toda ese discurso, o palabrería, que es puro alarde de la nada. Venga a disparar sloganes y palabras que ya hace mucho perdieron sus significado. Ya digo, es insoportable porque, además, por razones culturales todos guardamos en el subconciente la convicción de que nada como la confusión de las lenguas para producir el hundimiento de los pueblos.
Y no es que quiera dármelas de protagonista, pero les voy a contar una anécdota que creo viene al caso y de la que fui parte decisiva. Como ya les he contado, acudí este verano a una comida de confraternidad con los mozos de mi quinta. Detesto este tipo de acontecimientos, pero ante la insistencia del organizador cedí. En fin, la cuestión es que en la mesa que estaba había uno totalmente eufórico que no cesaba de hablar sobre las muchas veces que había parado los pies a gente importante que le quería hacer tragar injusticias. Un tipo de relato que como saben es muy propio de gente que en el fondo de su alma se siente desgraciado por considerarse inferior a los que le rodean. Y no es que el tipo fuese un don nadie, que goza de una cierta preeminencia social en ámbitos de resonancia mediática, pero los que le estábamos siguiendo el rollo con cara de circunstancias y un cierto rictus de hastío éramos profesionales con dilatada carrera a las espaldas o empresarios de relativo éxito. Total que el tío insistía con su tono épico y en un determinado momento, como para redondear, apostilló que él era de izquierdas. Nadie, por supuesto, dio señales de sentirse conmovido por la confesión, pero yo me quedé con dato a fin de utilizarle como dardo arrojadizo en el mismo momento en el que el conferenciante parase para tomar resuello. Así fue que, llegado el momento oportuno, le dije: todo eso que estas diciendo me parece muy interesante, Fulanito, pero quisiera que nos aclarases que has querido decir cuando nos has dicho que eres de izquierdas. Entonces se levantó un clamor en la mesa y se escuchó: sí, sí, Fulanito, explícanos que quiere decir ser de izquierdas. Al pobre hombre le cambió de tal manera la faz que al instante me arrepentí de haber dicho lo que le dije. A partir de ahí no abrió la boca en todo el resto del convite. Parecía que le hubiesen dado un mazazo. Bueno, en realidad, cuando ya me despedía se me acercó y me dijo no se qué de Balzac que no entendí. Sin duda me había querido dar a entender algo en lo que ahora no voy a entrar.
Y en esas estamos, en el rollo de las ideologías para hacerse con el poder. Como si pudiese haber otra ideología que una inteligente redistribución de la riqueza. Riqueza que primero hay que crear para luego poder distribuirla. Y ya, al respecto, hay tanta experiencia en el mundo, que la metodología aplicable está perfectamente definida. Por eso, mande quien mande, siempre es lo mismo salvo pequeños detalles de tipo folclórico a los que se intenta dar gran resonancia mediática en el ridículo intento de marcar paquete. Lo emocional sobre lo real, que decíamos ayer.
Por lo demás, no es que yo no crea en la democracia, pero desde luego no tal y como me la quieren vender. Para mí que haya libertad de expresión y que compitan dos partidos es esencial. Pero que compitan sólo quiere decir que el que está a la escucha debe levantar la voz cuando le parece que el que lleva la batuta se ha desviado de la partitura. Lo demás, mandangas.
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