martes, 18 de octubre de 2016

Melancolía otoñal


Fui hasta Ampudia por el camino de los alcores. Una vez salvada la ascensión inicial, de unos ciento cincuenta metros, el resto es pan comido. La soledad del páramo es sobrecogedora. Sólo cuervos y urracas, los pájaros más inteligentes según dicen los que entienden de esas cosas, sobreviven entre los rastrojos. Muy ocasionalmente, de Pascuas a Ramos, el turbo de una perdiz que sale despedida de un matojo de la cuneta, de falsa colza y avenazo por lo general, te sobresalta. No me extraña que sean caza tan cotizada las perdices porque para meter ese ruido con las alas tiene que tener unas pechugas sabrosísimas. Paredes del Alcor, Santa Cecilia del Alcor, lugares fantasmagóricos. Ni un alma por ningún lado. Un poco más allá, un tractor arando. Otro poco más, ya llegando, el monasterio de La Alconada con su corona de molinos de viento, como para confudir los tiempos. No creo que me haya topado ni con dos coches en todo el camino. 




Ampudia, al mediodía de un lunes de octubre tampoco es la alegría de la huerta y bien está que así sea. Un pueblo así con bullicio se desnaturaliza. Busco una posada para comer y la encuentro a la sombra de la fastuosa torre de la iglesia. Apenas había dos clientes aburridos y la comida ni fu ni fa. Menos mal que la cabalgada me había abierto el apetito. Al salir, justo al lado, veo una casa en su estado primigenio. Así pudieron ser las de los hidalgos cuando todavía los había. Muy interesante.




Inicio la retirada por la llanura. A la altura de Torremormojón tomo el camino de Baquerín. Seis kilómetros alucinantes. Los cinco últimos son una recta cuyo fin se prolonga con la torre de la iglesia. Parece hecho a propósito. Uno no cesa de maravillarse con el sentido de lo trascendente que ha dominado la historia de estos lugares. Esas casuchas para lo terrenal y esas iglesias para el espíritu. No sorprende así que se hayan consumado tales gestas. 



Baquerín está en reconstrucción. Han empezado por los graffitis. Se han puesto de moda en los pueblos y no por otra cosa sino por que los pueblos son el descanso findesemana del guerrero urbanita. En el porche de una casa grande tronada veo la única cosa viva del lugar, una señora por los cincuenta con voz de haberse fumado media tabacalera. Contesta desabrida a mis requerimientos así que salgo a buscar camino del tren burra que pasa por allí al lado.

  
En Villamartín paro en una adecuación y echo una pequeña sonata tumbado en un banco. Increible lo que pueden hacer por el cuerpo cinco minutos de inconsciencia. Ya, en la Iliada, reiteran esta constatación. Cinco minutos o menos, ponían a Ayax, Aquiles o Estentor en disposición de nuevo ataque. Así que sigo y no tardo en llegar al Canal que es ya las afueras de la ciudad. El Canal vestido de otoño. Y melancolía. 




Llego, sino exhausto, casi. El cuentakilómetros marca 65. ¡Ya está bien! Y todo sin otro sentido que dormir a pierna suelta un día más. Con lo fácil que resultaría tomarse un orfidal. Sí, desde luego, pero sigo prefiriendo la paliza. Porque además así echo el día. Dios mío, qué cruz ésta del ¿y ahora qué? con la que nos tenemos que enfrentar los viejos tan pronto coronamos algo. 

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