Ampudia, al mediodía de un lunes de octubre tampoco es la alegría de la huerta y bien está que así sea. Un pueblo así con bullicio se desnaturaliza. Busco una posada para comer y la encuentro a la sombra de la fastuosa torre de la iglesia. Apenas había dos clientes aburridos y la comida ni fu ni fa. Menos mal que la cabalgada me había abierto el apetito. Al salir, justo al lado, veo una casa en su estado primigenio. Así pudieron ser las de los hidalgos cuando todavía los había. Muy interesante.
Inicio la retirada por la llanura. A la altura de Torremormojón tomo el camino de Baquerín. Seis kilómetros alucinantes. Los cinco últimos son una recta cuyo fin se prolonga con la torre de la iglesia. Parece hecho a propósito. Uno no cesa de maravillarse con el sentido de lo trascendente que ha dominado la historia de estos lugares. Esas casuchas para lo terrenal y esas iglesias para el espíritu. No sorprende así que se hayan consumado tales gestas.
Baquerín está en reconstrucción. Han empezado por los graffitis. Se han puesto de moda en los pueblos y no por otra cosa sino por que los pueblos son el descanso findesemana del guerrero urbanita. En el porche de una casa grande tronada veo la única cosa viva del lugar, una señora por los cincuenta con voz de haberse fumado media tabacalera. Contesta desabrida a mis requerimientos así que salgo a buscar camino del tren burra que pasa por allí al lado.
Llego, sino exhausto, casi. El cuentakilómetros marca 65. ¡Ya está bien! Y todo sin otro sentido que dormir a pierna suelta un día más. Con lo fácil que resultaría tomarse un orfidal. Sí, desde luego, pero sigo prefiriendo la paliza. Porque además así echo el día. Dios mío, qué cruz ésta del ¿y ahora qué? con la que nos tenemos que enfrentar los viejos tan pronto coronamos algo.

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