Aprovechando que el Pisuerga, recién engrosado por el Carrión, pasa por Dueñas, no me quise perder el echarle una ojeada desde el puente. Acababa de comer en el restaurante que hay junto a las naves de Agropal, justo donde empieza la carretera que lleva al Cerrato y tenía curiosidad por explorar aquel entorno con tanto trajín de camiones de gran tonelaje. Así que tiré carretera adelante y al kilómetro o así me encontré con un puente curioso. Con unas barandillas onduladas de cemento y unas columnas decorativas en sus extremos. Supongo que el arquitecto que le diseñó quiso hacer algún tipo de homenaje al viejo puente colgante que hubo allí mismo cuando el Pisuerga cruzaba el valle dividido en dos ramales. O algo así, que la historia es larga y para el caso lo que cuenta es lo que hay hoy día.

Anyway, de lo que quería hablar hoy es de los lances de encrucijada que, como bien sabrán los que han leído El Quijote, nada tienen que ver con los lances de ínsula. Porque ese es el asunto, la fascinación que algunos sentimos por las encrucijadas, esos lugares a salvo de contingencias y donde la vida confluye desde los cuatro puntos cardinales. En la antigüedad, por el lado de oriente, les llamaban kanes y, para saber todo lo que hay que saber del tema, básteles el viaje de Chateaubrian a Tierra Santa, donde va saltando de kan en kan y tiro porque me toca. Pero es que en occidente los pueden ver de continuo en los grabados ingleses, por no hablar de la descripción de ellos, casas de postas que se decía, que se hace en The Pickwick Papers, y perdonen mi asquerosa erudición.
Kan, casas de postas, ventas, las de El Quijote otra vez, en todos ellos es donde pasan las cosas que merecen ser contadas. Así, el restaurante de marras que les decía tiene todos les allures de un gran kan o venta de El Quijote. En menos de cuatro pasos a la redonda tiene la estación de ferrocarril, una salida de la autopista de Castilla, la carretera de enlace con el Cerraro, el río Pisuerga, el Canal de Castilla, las enormes naves de Agropal y, por terminar para no cansarles, el enorme botijo que decora la entrada a Dueñas. Porque, por si no lo saben, les diré que a los naturales de Dueñas les llaman los botijeros y, desde luego, méritos hicieron para ello ya que fue a botijazos como desalojaron a un rey moro que se había hecho fuerte en una fortaleza que había en el cerro a espaldas de la villa. Por lo que se puede ver hoy día, querían aquel cerro para poner sus bodegas.
Así, con tanta confluencia, no es de extrañar que el kan sea un hervidero. Y más teniendo en cuenta que en un lateral de la gran sala hay una enorme barbacoa que lo mantiene no sólo caldeado sino convenientemente perfumado. Entra y sale gente sin cesar y lo que más maravilla es que todos parecen ser conocidos ya que no cesan las chanzas a modo de saludo. Y las carnes y verduras a la brasa vuelan a los platos y de los platos a los buches como si no hubiese fondo. Toda la actividad de la región parece tener allí su repostadero. Los de oficio mecánico y también de patronazgo. Y el posadero se encarga de hacer un discreto triage ya que no es lo mismo el menú del día de los unos que a la carta de los otros. Lo que va de la taberna al comedor con empaque. Aunque a decir verdad, en ninguno de los dos ambientes faltan las espadas a lo Cid con sus escudos y todo.
El caso es que uno come allí como un príncipe por cuatro perras sin dejar ni un momento de estar entretenido por la viveza del ambiente. Y cosa curiosa, por no decir curiosísima, y que bien pudiera ser tema de tesis doctoral: rara es la mesa donde los comensales beben vino. Y no creo que sea porque se hayan vuelto musulmanes ni, ni siquiera, porque muchos sean conductores, no, más bien creo que es a causa de una nueva moral respecto al trabajo de tipo opusiana que acabó por bajar de los palacios a las cabañas. Se ve que la gente no quiere perder el tino por miedo a perder con ello todo lo demás. Pero, en fin, son conjeturas mías y vaya usted a saber.
Total, que uno sale de allí más contento que unas pascuas y con la panglosiana sensación de estar viviendo en el mejor de los mundos posibles. Un mundo de encrucijadas a las que ya es difícil diferenciar de las ínsulas, amigo Sancho.

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