jueves, 27 de octubre de 2016

¡Santo Cielo!


El ánimo es el combustible del ánima. O del alma. El alma, o el espíritu, o lo que sea con lo que no paramos ni un instante de pensar, aunque sea en sueños. Es como el sistema operativo del móvil que aunque lo tengamos apagado él está actualizándose y buscando coberturas, operaciones que a la postre se saldan con una bajada del nivel de carga de la batería. Es algo bastante incontrolable porque no es fácil relacionar el nivel de actividad con el de desgaste. Hay días que parece que se ha llevado la electricidad el demonio. Tan caprichoso es. Y en vez de una hay que poner a recargar dos veces.

Con el ánima pasa lo mismo, que por lo general nos resulta difícil, por no decir imposible, identificar las causas de esas bajadas súbitas de ánimo que nos dejan por los suelos. Porque con las oscilaciones más o menos llevaderas ya contamos y sabemos cómo sobrellevarlo sin que se nos note demasiado. Un par de contratiempos, un exceso de actividad, una contingente carencia de afectos, mil pejigueras en fin, ya sabemos que serán dos o tres días de muermo que en el fondo no son otra cosa que ahorro de energía y recarga de acumuladores. Y vuelta a la normalidad, cuando no a la euforia. Pero esas bajadas inesperadas y brutales…

Ante tales situaciones sólo se me ocurren dos etiologías: una que el sistema viene defectuoso de fábrica; otra, que le hemos averiado por maltrato. En cualquier de los dos casos el remedio es muy problemático y la única opción viable es acostumbrarse a convivir con el bajo rendimiento. Un cerebro al que se le acaba el fuelle al primer esfuerzo de comprensión y, entonces, como primer síntoma, deja de reflejarse en los espejos; como segundo le crecen los colmillos a nada que cree percibir una yugular en lontananza. Es el destrozo total, no poder darse cuenta de que con ese aspecto repulsivo no tiene sentido pretender seducir. 

Comentaba estos días con los colegas sobre el futuro de la profesión. Se palpa ya en el ambiente que las nuevas tecnologías se van a comer la mayoría de las tareas asistenciales. Sin embargo hay una sección de patologías que parece estar a salvo de toda veleidad, la que tiene que ver con el defectuoso funcionamiento de las estructuras del pensar, fuente de sufrimientos, por cierto, donde las haya. La psiquiatría, qué duda cabe, tiene presente, pero apuesto que mucho más futuro, porque el mal uso del ingente ocio está generando verdaderas oleadas de muertos vivientes. Vampiros. Pobres desgraciados que se te ponen al lado y tratan de seducirte hablando de la corrupción de los políticos y de lo mal que está todo. Un verdadero despropósito del que tienes que huir so pena de verte contaminado. ¡Santo Cielo!, que diría el capitán Hasting, ¡qué plaga de policía moral! Esto es tajo para psiquiatras.

No hay comentarios:

Publicar un comentario