jueves, 13 de octubre de 2016

Epistocracia

Mi padre no era hombre que se apasionase mucho ni poco con la política, siempre procuró estar al margen por más que bien pudiera haberse beneficiado ya que las circunstancias de su trabajo le pusieron en contacto con muy relevantes personalidades del viejo y demonizado régimen. Después, ya mayor me contó algunos detalles de cuando la guerra y postguerra sobre personas relativamente cercanas, pero no creo que lo hiciese con ningún tipo de afán justiciero sino simplemente por recalcar la miseria moral inherente a la condición humana cuando la vida se complica. Por lo demás, cuando llegó la democracia, me dijo un día que pensaba que era un tipo de régimen político muy beneficioso para nosotros, sus hijos.

Pero, ya desde épocas muy anteriores a la democracia, recuerdo sus objeciones a la idoneidad del sufragio universal. La cosa empezó un día que íbamos los tres hombres de la familia hacia el  ayuntamiento a votar en uno de aquellos referendums que organizaba Franco por razones supongo que folklóricas. Entonces vimos que delante de nosotros iba a hacer lo propio José, el tonto de la Vega. Inmediantamente mi padre dijo que eso era trampa, que su voto no podía valer igual que el de José. Recuerdo que el argumento me hizo mucha gracia, pero por lo demás no tenía ninguna opinión al respecto. Lo que si nos enseñó a mi hermano y a mí quel referendum fue la cosa del fraude ya que los dos, por motivos de adolescencia supongo, votamos en negativo y sin embargo en el recuento posterior hubo tantos síes como papeletas en la urna. En épocas posteriores le escuché repetir varias veces el mismo argumento sobre lo tramposo que a su juicio resultaba el sufragio universal. Para él, los votos debieran tener un valor diferente en función de la calidad de la persona que lo emitiese. Y siempre volvía a lo de compararse con José el de la Vega. ¿De qué valía, entonces, haber hecho una carrera? No, no podía ser. Algo no funcionaba adecuadamente en las democracias.

Traigo estos recuerdos a colación porque ayer, en uno de esos artículos que recomienda leer Arcadi Espada, pude comprobar que no iba tan descaminado mi padre. Unos profesores de prestigiosas universidades americanas han publicado un libro sobre el tema. A partir de la conciencia casi generalizada de que la actual forma de democracia es perfectible a todas luces, proponen lo que llaman Epistocracia que no es otra cosa que valorar el grado de información de quien emite el voto. Claro que la cosa no es sencilla y por eso proponen un serie de posibles formas de ponerlo en práctica. Una, la hacer pasar un test sobre conocimientos en la materia para conseguir el derecho a voto. Otra, dar un valor difernte a cada voto en función del currículum del votante. En fin, múltiples posibilidades, pero todas con el denominador común de aceptar que el voto de José el de La Vega no puede valer lo mismo que el de mi padre, un hombre con carrera. 

En definitiva, que ya se empieza a notar cansancio con esto de dejar que el populacho juegue con las cosas de comer. Y más teniendo la coartada de que aquí, aun persistiendo ciertas diferencias de origen, a quien más quien menos a todo el mundo se le da la oportunidad de dejar de ser un zote. Incluso a las familias desastrosas les pagan un sueldo a condición de que lleven a sus niños al colegio. Es hora, por tanto, de empezar a exigir responsabilidades individuales. Lo que ya pensaba mi padre hace tanto tiempo adelantándose quizá a los acontecimientos.  

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