sábado, 29 de octubre de 2016

El tiempo que pasa


Junto a la mecedora en la que paso largas horas cuando estoy en la casa de la costa tengo una banqueta de culo de enea sobre la que no me ha quedado más remedio que poner un par de revistas por tal de que me sirva para arrastrar el ratón. El caso es que una de ellas es un The Economist que creo recordar me trajo Maria de uno de sus turisteos por esos mundos de Dios. Pues bien, ayer estaba aburrido, o ansioso, ya saben, ese estado del ánimo bueno para nada de sustancia, y, sin saber cómo ni por qué, de pronto me vi con la revista en las manos y en actitud de escrutar su contenido. Que si los reyes magos, que si los chinos aman el cerdo, que si Tony Blair está muy solo y, de pronto, voy y caigo sobre “The decline of golf”. Carajo, me dije, esto no me lo puedo perder, porque es que, además, antes de ayer, en una tertulia de mediodía en la terraza del Frisia, se estuvieron comentando las supuestas virtudes del invento. Por lo que se contaba, un porcentaje más que significativo de los antiguos colegas ya jubilados han hecho de esa actividad su matatiempo predilecto y, por supuesto, están tan satisfechos con ello que redondean su bienestar espiritual con insistencias proselitistas en su ámbito de influencias. Para ellos, parece ser, el mundo sería la repanocha si todos los de su entorno afectivo se sumasen a la afición. Nada en definitiva que no sea la inseguridad del converso tratando de apuntalar su convicción. El mundo es ansí, que lo vamos a hacer.

Total, que me puse a leer el artículo y al final extraje unas cuantas conclusiones de Perogrullo. La primera, que todo lo que sube baja por mucho que una duración prolongada lleve a sospechar que podemos estar ante una excepción a la regla. En los EEUU son bastantes más los greens que cierran que los que abren y los porcentajes de nuevos afiliados no cesan de caer, siendo escandalosa la caída en el trecho de la mediana edad, cuando la afianzación en la clase media que hasta hace bien poco se coronaba con la inscripción en un club de golf. De los jóvenes, como de las mujeres en el tango, mejor no hablar. Así que al final ya va quedando en cosa de viejos que cada vez lo son más.

La segunda perogrullada fue que no hay nada, pero absolutamente nada que con una adecuada campaña publicitaria no se pueda poner en marcha. Incluso la a todas luces chorrada de meter una bolita en un hoyo se puede convertir en un arte e incluso una filosofía de vida si su promoción se pone en manos de unos cuantos “chicos interesantes” al estilo del que le vendía muebles a Teresa en la novela “Auto de Fe” de Canetti. ¡Dios mío, lo que no pueda vender un chico interesante! Sólo hay que poner a la realeza o los banqueros de cebo y ya tienes a medio mundo esquiando, jugando al gol, paseando el perro o metiéndose un palo por el culo si es que hubiese sido eso lo que se proponían.

Lo tercero es lo fácil que resulta convencer a las masas incultas de lo fácil que es alcanzar el prestigio de la sofisticación por medio del consumo. Cuando más caro es el equipo con el que practicas lo que sea, o las cuotas del club en el que te dejas ver, más te distancias de la chusma, ergo, la autoestima crece. Es esta una ley tan infalible como la de la palanca u la atracción de los cuerpos en el espacio.

En fin, no se crean que vengo yo aquí con la intención de cargarme lo que sea para que mis hijas después puedan decir con orgullo que su padre es un negativo. No, nada de eso, sólo pretendo dejar constancia de una realidad que se está produciendo y sin embargo no se habla de ella por la cosa del apego a la costumbre, o sea, el sustento de los muertos vivientes en opinión de Gracián que no era precisamente un matao. 

Ya digo, en fin.

No hay comentarios:

Publicar un comentario