sábado, 29 de octubre de 2016
Desidia
Apenas hace una semana que estoy en la costa y ya acuso fatiga de materiales. Sin duda es debido en la mayor medida a la humedad del ambiente que es más que notable, pero también a los excesos dionisiacos para los que, todo parece indicar, no estoy suficientemente entrenado… y, la verdad, espero no estarlo nunca para bien de la república de mi casa.
Porque es que esa es la cuestión que me planteo, si realmente el entrenamiento dionisiaco no destruye todas las alarmas que tiene el alma para protegerse de la destrucción de la independencia de criterio. Esa destrucción que la buena gente que baila en el monte llama tolerancia. Pues no, perdónenme, yo quiero seguir siendo hasta que los dioses me lleven un jodido viejo cascarrabias que tiene su particular visión de la jugada que, por supuesto, no tiene porqué ser la acertada, pero que, si la he de modificar, no va a ser por la sola razón de adaptarla a la de la mayoría por aquello de socializar, como dicen los imbéciles, mejor. Me importa una mierda, sí, lo de socializar que, por otra parte debe querer decir aborregarse o algo así. Yo a lo que aspiro es a relacionarme con individualidades lo mejor constituidas posible. Gente, en definitiva, que indaga infatigablemente en los entresijos de su conciencia por tal de tener eso, lo que les decía, criterio propio.
Por lo demás, lo tengo fácil. Sólo tengo que tomar el tren y subir a la apolínea meseta. Allí, en la soledad de los páramos, tendré la impagable oportunidad de poder meditar a mis anchas sobre la considerable balumba de agradables recuerdos acumulados durante estos días de desidia a la orilla del mar. Así que, de mañana no pasa. Por el bien de mi república.
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