lunes, 31 de octubre de 2016
Espirlocherías
Vuelvo al tema que me fascina y con el que tanto disfruto dando la lata. Y es que leo por ahí un titular que remacha una vez más lo que todos sabemos pero preferimos hacer como que ignoramos para no tener que reconocer lo morrocotudo de nuestro fracaso vital. Lo dice un filósofo de esos que andan en el candelabro: lo que diferencia a los humanos de las demás especies animales es el sentido de trascendencia. Es decir, el innato deseo de extender el área de influencia. Tener una cierta fama. Que la mayor cantidad posible de gente sepa que existes. Que te vean entrar por la puerta e inmediatamente te reconozcan y vengan a saludarte con una amplia sonrisa. Ser alguien que cuenta en el mundo de los vivos. Una aspiración, en definitiva, que las famosas filosofías de tipo oriental tienden a considerar una soberbia espirlochería.
Sin embargo, espirlochería por espirlochería, la más soberbia de todas en mi opinión es creer que muerto el perro se acabó la rabia. O que como las uvas están verdes, aunque no lo estén, paso de ellas. No, a mí lo de los orientales sólo me convence cuando hacen de su mucha necesidad virtud, que eso siempre es inteligente, pero por mucho que relativices el ser, lo que a la postre no es sino uno de los signos de la madurez, lo de querer pasar por el mundo como una sombra no me parece creíble por puras cuestiones biológicas. El ser humano, como todos los protagonistas, y sobre todo las, por supuesto, de los videoclips de los 40 Principales, siempre está tentando al mundo con el "mira qué cosa tan bonita tengo aquí abajo". Y no por nada, sino porque esa es la forma primigenia de trascenderse que tiene el animal que llevamos dentro.
El animal que no cesa por más que lo de abajo se marchite. Y es que las piezas de recambio que tiene son casi infinitas, sobre todo desde que se inventó lo del consumo de masas. Con cuatro perras y un poco de imaginación te lo puedes montar de forma que el respetable acabe hablando de ti, e incluso conseguir unos cuantos apareamientos de prestigio. Pero, ¡ay, hijo!, el problema lo tienes cuando con ese bagaje tan aparente vas y llamas a las puertas del castillo de la trascendencia.
Esas puertas que son de bronce y pesan cada una lo que ni las espaldas de Atlas soportarían. Así que no te empeñes en empujarlas porque si no las abre el cancerbero que las guarda no hay nada que hacer. Cancerbero que, por cierto, es el más insobornable de todos los que se conocen. Supongo que ya habrán adivinado de quién se trata. Por si no, se lo digo: el mérito.
El mérito de una sola ojeada te toma la medida y entonces te deja o no te deja pasar. Y de nada sirve que le supliques y le muestres tus sofisticadas florituras. Se necesita algo de más sustancia. Algo resistente a la corrosión de los siglos. Algo, acaso, que de puro sigilosa y tediosa que ha sido su construcción pasó desapercibido al mundo hasta que estuvo culminado.
En fin, qué difícil lo de trascenderse, que es subir la autoestima, que es lo que se necesita para no ir por el mundo en plan vengativo, es decir, dejando cagaditas por todas las partes a ver si alguien las pisa, resbala y se parte la crisma y, entonces, me puedo descojonar del mundo y todas sus jodidas trascendencias.
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