viernes, 7 de octubre de 2016

A hostias

De todos los populismos que circulan por ahí el más divertido es sin duda el puesto en marcha por Nigel Farage, un británico que no tiene el menor empacho en presumir de borracho. Farage, como era de esperar, ha tenido éxito entre el numeroso colectivo de los beodos y así ha sido que consiguiera colocar a unos cuantos de sus compinches a sueldo de la misma institución que dice querer cargarse: el Parlamento Europeo. Cosas de borrachos, en fin, que hagan lo que hagan y estén donde estén siempre acaban a hostias. ¡Qué va a ser lo que no sepamos de esto después de tener a Bukowski como autor de cabecera!

Lo bueno de los británicos, y anglosajones en general, suele ser la transparencia del lenguaje con el que se expresan. Ya sean las palabras, los gestos o los hechos. En el caso concreto de Farage, nos señala con claridad meridiana hasta que punto populismo y dionisiaco es una y la misma cosa. Uno empieza a beber, o estar todo el día con los coleguis en el pub, y acaba siempre en lo mismo, en una explosión sentimental que borra todo rastro de razón del pensamiento. Es una especie de amor sideral entre idénticos que no consiente la menor injerencia discordante. Lo que le pasó a Penteo con las bacantes, que se le comieron. 

Ese es el nudo gordiano de los populismos, el triunfo de Dionisos sobre Apolo. La primera vez que estuve en Gran Bretaña, hace cincuenta años, era toda una epopeya encontrar un bar para tomar una cerveza. Había uno cada varios kilómetros y sus clientelas solían ser los cuatro habituales de nariz roja. Ahora, por el contrario, hay un bar en cada esquina y todo ciudadano que se precie debe frecuentarlos so pena de marginalización. Hasta los niños llegan hoy día a casa con una estocada de jarro. Así que vete a decirles tú que las penalidades a las que se ven abocados es a causa del estoque que llevan clavado en la cabeza. Ni hablar del peluquín, todo ese malestar lo tienen muy bien analizado con sus compinches del pub con los que están al cien por cien de acuerdo en que es debido a lo tontos y malos que son los de arriba. 

Sí, ya se sabe que el sindicato de la hostelería ha jugado un papel definitivo en la creación de empleo y dinamización en general de la economía, pero conviene recordar que ha sido a costa de clavar un torpedo en la linea de flotación del barco apolíneo. Y eso lo vamos a pagar caro. De hecho ya lo estamos pagando con esta infantilización del pensamiento: to er mundo es güeno y que no farte de na. Y el que se esfuerce y no tenga perro, mala persona por definición. Todo por definición, sin matices perturbadores. La máquina de acabar a hostias, en definitiva. Como los de Farage. O los socialistas de aquí.

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