viernes, 21 de octubre de 2016

Escuelas





El tiempo que pasa es quizá el único filtro del que nos podemos fiar para detectar las obras humanas que realmente merecieron la pena. Así es que si retrocedemos en la historia podremos comprobar que hoy nadie se acuerda ya de muchos de los escritores que fueron los más relevantes de su época. Sin ir más lejos, Ortega, en sus Meditaciones del Quijote, vaticina un futuro muy corto a toda esa novela del XIX que se dedica a desmenuzar tanto la vida de las personas que no es de extrañar que, al final, acabemos pensando de ellas como el escritor mejicano Julio Torri: «En principio nunca leo novelas. Son un género literario que por sus inacabables descripciones de cosas sin importancia trata de producir la compleja impresión de la realidad exterior, fin que realizamos plenamente con sólo apartar los ojos del libro.»

Bueno, iré al grano. Lo que les quería decir es que si pasean por lo que algunos llaman, no sé por qué, la España profunda, verán que en el pueblecito más remoto hay un edificio, de la primera mitad del siglo pasado siempre, perfectamente conservado. Son las antiguas escuelas que sin apenas retoques se han convertido en lugar de reunión de la ciudadanía. Centro social que le dicen para dar gusto a los socialistas, supongo. Pues bien, convendría preguntarse por qué se conservan esos edificios y por qué suelen tener tanto éxito como lugar de reunión. Podría ser, incluso, materia de una tesis doctoral sobre el racionalismo y su triunfo final sobre las diversas formas de la imaginería popular. Es un decir. 

Les contaba esto porque uno de entre mis locus amenus preferidos está en el bar, centro social por excelencia, que hay instalado en las antiguas escuelas de Husillos. Es un lugar realmente privilegiado, a la orilla del río Carrión, junto a un puente de piedra del siglo XVI que es una de aquellas maravillas de la antigua cantería cántabra. Si a eso le añaden las choperas ya otoñales y el entre sol y sombra bajo los plátanos, para qué quieren más. 

Pues sí, hay más, la amabilidad de la mesonera, la calidad de la tortilla de patatas que hace y, last but not least, la perfección estética de su canalillo fatal. Les parecerá esto último que acabo de decir una incorrección política sin paliativos, pero me importa un rábano. Para mí, y sospecho que para todo el género, o casi todo, del que formo parte, observar un canalillo discreto pero generoso es algo que produce un sutil enaltecimiento del espíritu. Por así decirlo, te alegra el día.  

 
En resumidas cuentas, que llegué allí, pedí el pincho de costumbre y un café con leche y le dije a la mesonera si podía colocar una mesa bajo los plátanos. Me dijo que por supuesto que sí y apenas tardó unos minutos en salir con la comanda y una mopa para limpiar la mesa. Mientras lo hacía, aprovechó para echar una parrafada y sonsacarme filiaciones y filias, que una buena mesonera, entre otras cosas, tiene que ser un filtro de las diversas informaciones que va acumulando sobre su variada clientela. En fin, me zampé la frugal colación, estuve un rato con lo de Critilo y Andrenio y, cuando pensé que ya tenía bastante, me subí a la bicicleta e inicie la retirada. Con un viento de popa que era pura gloria deslizarse por aquella carretera sin apenas esfuerzo. 

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