viernes, 19 de agosto de 2016

Nirvana

Hay cosas en la vida que le levantan a uno la moral. Por ejemplo que a los indios, mil millones y un gran pico, les importe una mierda las olimpiadas. O sea, que no soy el único ni mucho menos.

Por supuesto que la India es un lugar en el que no me gustaría tener que vivir. Por un lado por el inmenso gentío, pero también por el calor. El calor me parece de las cosas más desagradables que puedo concebir, aunque con un buen aire acondicionado las cosas cambian. Sin embargo, lo del gentío no tiene más remedio que la justa redistribución de la riqueza, una cuestión de siglos, por no decir milenios. Dicho lo cual conviene recordar que a la India es a donde quería llegar Alejandro en busca de la verdadera sabiduría. La de la relativización del ser en concreto con su corolario de desincentivación del afán de trascendencia . Uno es lo que es frente a sí mismo y no frente a los otros (recuerden al Gregory Peck de Horizontes de Grandeza -The Big Country-). Así que buenas ganas de competir por las medallas si las que me interesan sólo me las puedo poner yo. Con tales mimbres, como se dice ahora en las tertulias, nada puede extrañarnos que hayan sido los indios los inventores del cero, sin duda una de entre las diez mayores aportaciones al espíritu universal. Para empezar a ser algo en la vida hay que partir de la idea de que en cualquier caso nunca serás más que un cero a la izquierda lo que, eso sí, no quiere decir que no puedas desarrollar a base de esfuerzo y perseverancia un profundo sentido de comunión con las fuerzas de la naturaleza. Es el conocimiento que reconcilia con el mundo y permite percibir su belleza. Fuente del auténtico placer, el nirvana que le dicen. 




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