Anduve unos días por Santander disfrutando de la amistad al más puro estilo gracianesco, es decir, para que se enteren, viendo por ocho ojos, oyendo por ocho oídos, pensando con cuatro cabezas, etc.. Pero eso no fue todo, aproveché uno de esos paseos tontos para entrar en una librería, por la que por cierto se paseaban sueltos unos perros de considerable talla, por ver si sacaba algo en limpio a propósito de un libro que me habían comentado mis hermanas porque en él, al parecer, venían relatados los sucesos que habían acabado con la vida de mi abuelo materno. Pues sí, di con ello. Se trata de un libro sobre la revolución de octubre de 1934 escrito por un tal Miguel Ángel Solla Gutiérrez, de profesión historiador en su versión "me vuelvo al pueblo"... es decir, nacido en Cantabria, de soltera, Santander, que estudió en Cantabria, de soltera Santander, y escribe sobre Cantabria, también, de soltera, Santander.
Así fue que, compré el libro, busque el párrafo en el que venía lo que me interesaba, comprobé que se ajustaba poco a lo que a mí me habían contado, le dije a María, que me acompañaba, que acababa de tirar 24 €, me contestó que pas du tout, que lo podía devolver perfectamente, cosa que me apresuré a hacer ya que estaba a menos de cincuenta metros de la librería de los perros. ¡Uf, qué alivio!
A mí de toda esa historia del abuelo de la que nada supe hasta muy entrado en años lo único que de verdad me interesa es la frase que me espetó mi ya centenaria madre una de aquellas interminables tardes en las que andaba por su casa de visita. Me dijo: mira hijo, en esta vida solo se es feliz después de una guerra cuando la has ganado. Me quedé con la copla al instante, y no sólo por su valor literal, que en su caso lo tenía, sino más bien por el simbólico ya que ¿qué otra cosa nos enseñaron los padres fundadores si no es el contenido que se encierra en esa frase? Pero en fin, sobre este tema vengo dándoles la tabarra hace ya demasiados años.
El caso es que, por lo que leí en el libro de marras, el Sr. Solla viene a dar a entender que mi abuelo era un poco tirando a extremista lo cual que como que en cierta medida justifica que al socialista que le interpelaba se le escapasen tres tiros. Bueno, yo leí en la historia clínica que había en el servicio de cirugía del Dr. D. Abilio Barón que habían sido seis, pero eso, pal caso, ni fu ni fa, porque, caso de haber sido tres, fueron certeros donde les hubiese. Por lo demás, tal y como a mí me contaron, y no mi madre, por cierto, cuando le dispararon, mi abuelo acaba de entrar en los locales de su negocio y estaba dando ordenes al administrador para que cerrase el establecimiento... lo cual que a mí, una vez leída la versión del Sr. Solla, como que le quita un poco de épica al asunto. Porque enfrentarse a un piquete de huelga que te quiere imponer su visión de la jugada es para mí un deber sagrado como quizá no haya otro. ¡Dios, lo que yo hubiese dado por ver bajar a Chuck Norris de uno de esos camiones que paran los piqueteros!
Total, que a saber cómo fue aquello, porque todo lo que digamos del suceso en cuestión entra dentro de las conjeturas. Pero también hay hechos incontestables al margen del asesinato. Por ejemplo, que una vez entrados los conocidos como nacionales en Reinosa se encontraron en una chatarrería los mecanismos de las seis pianolas que mi abuelo guardaba en sus almacenes. Ya se sabe, en tiempos de guerra ni siquiera los socialistas pueden ser respetuosos con las cosas de la cultura. Por no hablar de las cámaras fotográficas Agfa, de las que volaron todas las que había y más que hubiese habido... seguramente, a la sazón, se dio un súbito incremento de la afición a la fotografía por todas las villas campurrianas.
En fin, como les iba diciendo, lo que queda es lo que queda, o sea, la felicidad que produce el ganar guerras. De ahí que sea tan importante être toujours sur la brèche.
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