miércoles, 11 de julio de 2018

La Biricia

Nos pongamos como nos pongamos, La Albericia siempre será gitana. Es decir, anarquía vencerá o hago lo que me sale de la punta del nabo, sobre todo en lo de aparcar la furgo. Sólo es un tipo de cultura, como se dice ahora, que alcanza su cenit expresivo en el Mercadona del barrio justo unos minutos antes de la hora del cierre. El resto de la jornada, como comprenderán, la gente está tan ocupada con sus obligaciones tribales que como para ponerse a pensar en la logística. Aunque, bueno, siempre hay algunos despistados a mediodía. Anteayer había dos calibrando la calidad del plástico de las bolsas que se acaban de estrenar en la cadena: con esto, decía uno sujetando el material entre indice y pulgar, tapas la gotera de la chabola por lo menos un año. ¡Oye, cada uno a lo suyo! Luego, claro, tendrían que ver las casas que habitan por el querer de los payos, que yo diría que son de las mejores de la ciudad, al menos por lo hace a la urbanización. 

Aquí es La Biricia, como dicen ellos, y en Palencia El Cristo, el barrio más aireado de la ciudad. Y es curioso observar como los límites de esos barrios van penetrando bloque a bloque en el resto de la ciudad. Y es que la demografía no engaña. Los territorios siempre se conquistaron con la punta de la polla y los ejércitos sólo para adornar. Aquí, en esta escalera, vive un matrimonio por los veinte con dos churumbeles y demás aditamentos de la modernidad, es decir, tatuajes y pelo mohicano él, y obesidad mórbida ella: se les ve felices y no es para menos porque los churumbeles son una preciosidad. María, que conoce bien el percal porque ha trabajado con ellos, dice que son los niños más queridos y felices del mundo. 

En fin, no me quiero extender más porque pienso que con lo dicho ya hay suficiente material para extraer conclusiones a nada que uno se ponga a buscarlas.

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