De todos los amigos muertos que me quedan, unos cuantos por cierto, pocos tan queridos y recordados como Pessoa. De él aprendí algunas de las cosas que más me han ayudado a hacer la vida medianamente soportable. Claro que me costó años comprender la profundidad que se esconde tras sus aparentemente banales reflexiones. Pero eso, ahora, es lo de menos. Lo que importa es haber entendido lo suficiente por fin que lo de correr de aquí para allá a la búsqueda de sensaciones es la estupidez en la que quedan atrapados los espíritus insensibles, ya sea por pura condena genética o, más frecuente supongo, por no haberse tomado la molestia de cultivarlo.
Es chocante, desde luego, oír a alguien decir que detrás de el cuello hecho a ganchillo que adorna la camisa de la señora que va sentada delante de ti en el tranvía se esconde todo el mundo existente. Pero ponte a pensar en cómo fue posible la existencia de ese cuello y caerás en la cuenta de lo difícil que resulta atar todos los cabos de una historia interminable. Ponte a pensar desde los barcos negreros que alimentaron de mano de obra a los campos de algodón a las minas de hierro que fueron necesarias para para fabricar el ganchillo, pasando por la niña que aprendió de su madre ese arte de tejer que viene de la noche de los tiempos de alguna lejana tribu del pleistoceno o vete tú a saber. Y así con todo lo que tienes delante. To es cuestión, por decirlo con las palabras del maestro, de la erudición de la sensibilidad. Dicho de otro modo: reducir el ámbito de observación para mejor profundizar en él.
Y eso es todo. Lo demás, atarse al mástil cuando hay sirenas en lontananza.
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