sábado, 28 de julio de 2018

Senaras




Sabido es que Salamanca está rodeada por lo que se dio en llamar "cinturón de incienso". Todas, o casi todas, las órdenes religiosas tenían a las afueras de la ciudad un gran complejo de instalaciones varias en las que se formaban los futuros miembros de la orden. En cada uno de ellos podían albergarse sin aprietos mil o dos mil aspirantes que salían de allí en cualquiera de los casos con una formación considerable. En los años sesenta todo aquel tinglado, como tantos otros, se fue al garete pero sería necio despreciar la enorme influencia que la gente allí formada tuvo en la modernización del país. Cuando con el desarrollo económico se empezaron a crear institutos de enseñanza secundaria, el profesorado necesario para darles sentido en gran medida era salido de ese famoso cinturón de incienso. 

Pensaba el otro día en estas cosas cuando saliendo de Salamanca por Cabrerizos pude ver una de aquellas inmensas moles convertida hoy en escuela de formación profesional. Pero conviene no engañarse, la mayoría del cinturón es hoy ruina después ser años pasto para los vándalos. Recuerdo haber visitado en mis años salmantinos el que fue seminario de los hermanos de las escuelas cristianas en una de cuyas alas ensayaban los rokeros de la ciudad. El resto de las alas había sido ocupadas por familias de indigentes que no habían dudado en arrancar las ventanas para calentarse con su madera o levantar el suelo y paredes de los baños para extraer todo vestigio de plomo. Un espectáculo dantesco, desde luego, al que las autoridades municipales, que ocupaban otra ala para sus menesteres, no tenían la menor intención de poner fin.

Sea como sea, de aquellos polvos no se puede decir que hayan salido estos lodos porque de lodos nada de nada. Todo lo contrario. Aquella ruinosa salida por Cabrerizos de antaño, hacia La Flecha, por donde se decía que en su día tuvo su huerto de bella flor cubierto, mostrando en esperanza el fruto cierto, Fray Luis, está convertido hoy en las típicas afueras de una ciudad adinerada. Y luego, ya, a medida que avanzas por las riberas del Tormes, hacia Babilafuente, ¡alucina vecina!, parece que estás en uno de esos paisajes del medio oeste americano en los que los cultivos se pierden en el horizonte. La sensación de riqueza de todo aquello es apabullante. 

El caso es que acabo de hacer unos cuantos cientos de kilómetros por las llanuras castellanas, pedaleando, bien sure, y la impresión que he sacado es que toda esa gente que se gana la vida opinando en los medios de comunicación no tiene zorra idea de lo que hablan cuando hablan de este país. La famosa España profunda está hoy día mayormente formada por ingenieros y programadores que han convertido aquel secarral de señoritos y jornaleros de los chistes de Chumy Chúmez en un vergel à perte de vue. Los pueblos, claro, se despueblan, porque ya ni los tractores necesitan conductor, pero las ciudades por contra adquieren un fulgor deslumbrante. Es el sentido de la historia que también deja su pequeñito resquicio para se cuele por él la nostalgia de cuando cagabamos en el corral. Ya te digo, senaras de ocio y cultura para los urbanitas advenidos que buscan identidad intentando redorar unos orígenes que más les valiera olvidar: aquel campo, aquella vida, por comparación a lo de ahora, sólo se podría calificar de infierno. Y encima los curas sin parar de meterse en las vidas ajenas. ¡Quita, quita!  

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