Digamos que pertenezco a la generación que de una vez por todas descubrió y aceptó el tal y como somos. Con nuestro inconsciente y todas esas cosas incontrolables dándonos pol saco sin parar un solo instante. Aprendimos que cada cual a su manera es un friki condenado a vivir entre frikis y, en vez de lamentarnos por ello, lo utilizamos como motor de inspiración para fabricar historias divertidas. De Northern Exposure a Breaking Bad hemos disfrutado recreándonos en toda la gama de excentricidades que el ser humano puede abarcar. Al respecto, juraría, queda poca tela por cortar si es que queda alguna. Y por eso puede que sea que nos aburramos tanto con su consecuente estela de inconsistencias, valga la aliteración, que nos tienen convertidos en esclavos de las diversas industrias del entretenimiento.
Todo eso, desde luego, estuvo bien y, sobre todo, fue muy necesario, pero, ya digo, nos quedamos flotando a la deriva en no sabíamos dónde. Y eso es lo que parece estar descubriendo la actual generación, que para que el yo reconocido deje de derivar hay que conocer el mundo tal como es. Y por eso es que lo que fue Freud para nosotros lo es Feynman para los jóvenes de hoy. De la comprensión de la existencia del inconsciente se ha pasado a querer saber en qué consiste el espacio en el que nos desenvolvemos. Qué es todo esto que nos rodea y cómo interactúa nuestro cerebro con ello.
En fin, qué le vamos a hacer, esto nunca termina de completarse. Nos creímos en la plenitud tras leer Tótem y Tabú y, ahora, para seguir vivos, resulta que tenemos que enfrentarnos a las Lectures on Physics. La vida es la condena de Sisifo.
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